Es la hora de regresar a mi casa, es hora punta (5 pm). Es febrero en Lima y todos nos freímos bajo ese vigoroso sol, ni bien veo aparecer el bus que me llevará a casa, el corazón me late de la emoción, pero la emoción amengua al ver que el bus está repleto y sin pensarlo mucho me trepo en él, previa pelea con otros peatones que pujan por lo mismo. Una vez dentro trato de acomodarme de la mejor manera en medio de esa masa de carnes, sudores y malos olores. Cuando encuentro un par de centímetros cuadrados libres me paro ahí y me aferró al pasamanos como quién se aferra a una cornisa para no caer al vacío.
Cuando el bus entra al desangelado barrio "El Porvenir" en La Victoria, veo un graffiti que llama mi atención: "El Porve es 99% crema, el otro 1% no sabe de fútbol", esbozo una sonrisa que no tarda en transformarse en una mueca de miedo y cólera, dos pirañones se acercan, globos de agua en mano, a bombardear el carro. Entonces miro las ventanas del bus en busca de una que esté abierta (asegurando que usaran ésa como blanco) y mientras repaso todas doy con la dura realidad: la única abierta es la que está frente a mí (no sé de qué me sorprendo, cómo si la suerte alguna vez hubiera estado de mi lado, ¡ja!), entonces sólo me queda desear algo, que venga un auto desde atrás y atropelle a ese par de desadaptados, pero nada, ni el diablo está de mi lado ahora.
Resignado a mi suerte, veo como dirigen sus globos justo por la ventana que está frente a mí y en un acto reflejo me agacho y los globos van a dar contra una chica que está detrás mío, ella me mira furiosa y me reclama por qué me agaché.
-Porque me iban a mojar.
-Y me mojaron a mí.
-¿Por qué no te agachaste?
-Pensé que te quedarías parado.
Mientras me habla (¿o grita?) con su mano trata de secarse la cara, yo la miro bien y veo al lado de su nariz algo negro que juro es una araña (y pienso en su mala suerte: encima de que la han mojado está a punto de ser picada por una araña ultra venenosa), entonces acerco mi mano a su cara (en otro acto reflejo) y tomo "la araña" con los dedos y ella atrapa mi mano y me pregunta qué hago.
-Tenías una araña en la cara.
Ella me mira furiosa, me dice que soy un idiota, que esa es su pestaña postiza que con la fuerza del globo se le ha desprendido, se pone a llorar y yo levanto la mirada y veo su mirada desigual: un ojo luce poderoso, potente, penetrante y el otro parece desvalido, con frío, como queriendo esconderse (obviamente sólo uno –el poderoso- quedó con la pestaña postiza). Avergonzada, exige a gritos que el carro se detenga y se baja corriendo, avergonzado guardo la pestaña postiza en mi bolsillo y entierro la mirada en el piso deseando ya no un globo de agua, sino una bomba atómica que me desaparezca para siempre.
viernes, 15 de mayo de 2009
viernes, 8 de mayo de 2009
SANGRE, SEXO Y ROCANROL
y yo me levanté y me vestí,
las manos aún vendadas, y al llegar a casa
me arranqué las vendas de las manos y
escribí mi primer poema,
y no he dejado de pelear
desde entonces.
"El perdedor"-Bukowski.
las manos aún vendadas, y al llegar a casa
me arranqué las vendas de las manos y
escribí mi primer poema,
y no he dejado de pelear
desde entonces.
"El perdedor"-Bukowski.
Bebía mi cerveza divertido mientras metía monedas en el jukebox y ésta escupía los primeros sonidos que daba ese chico rico y rico de apellido Cobain (Kurt para nosotros, sus íntimos). Su ritmo me abrazaba y yo entregaba mi cuerpo a sus caricias musicales mientras alucinaba cogerme a CourtneyLove, su arrechante mujer. Cuando abrí mis ojos, había tres tipos mirándome como si fuera un gay mendigando por una verga justiciera, sin dejar de bailar les devolví la mirada, el más joven me retó:
-¿Qué me miras?
No le contesté, me puse de pie y patee su cara, su sangre salpicando, sus dientes en un viaje perfecto, su saliva derramándose, eran el marco perfecto para pelear. Su amigo de al lado se paró y mientras me decía "qué te has creído" yo me sentí un hijo de puta todopoderoso y nada misericordioso y de un certero puñetazo le partí su horrible nariz y le gritaba "te he hecho un favor feo de mierda, te he arreglado esa nariz horrible, deja de llorar como una niñita, deberías agradecerme, lámeme las botas triste hijo de puta" pero ya venía el tercero, el más grande, me miró divertido y deseoso de desgranputarme, yo lo miré con sangre y a tres pasos de mí se encontró con mi furia y ya estaba en el piso mientras pateaba su desproporcionada cabeza diciéndole la pobre mierda que era. Luego de ver a los tres miserables arrastrándose por el piso volví al Jukebox, eché más monedas y volví a hacer el amor con Kurt y Courtney mientras bailaba con mis botas llenas de sangre. Apenas termine le pedí un papel al asustado cantinero y escribí esta historia de sangre, sexo y rocanrol.
sábado, 2 de mayo de 2009
NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA
Como cualquier día en mi anormal vida estaba en el paradero esperando (mientras rumiaba mi cólera por una pelea que había tenido con mi chica la noche anterior) que pase el micro que me iba llevar al trabajo cuando de pronto se me acercó un tipo con cara de nerd a preguntarme por una dirección que, más nerd yo, conocía. Cuando le iba decir donde era, el tipo me dijo que era la casa de su novia, que la amaba mucho y que quería darle una sorpresa y me enseñó una caja de chocolates. Dentro de mí pensaba qué diablos me importa eso, así que le dije que el lugar quedaba en una calle cruzando la pista, el tipo me quiso dar la mano como agradecimiento pero yo harto de su aburrida cara no le hice caso y diciéndome no sé qué cosa, cruzó la pista sin apartar la mirada de mí y como suele suceder en Lima, un chofer (más nerd que los dos juntos) recién se dio cuenta que tenía alguien delante cuando sintió el golpe. De pronto la escena era patética: el peatón nerd daba alaridos de dolor en el piso aferrado a su caja de chocolates y el chofer nerd daba gritos nerviosos. La gente que hace unos instantes me había visto hablando con el nerd agraviado me decía cosas como "ayuda a tu amigo", "piensa que te puede suceder a ti alguna vez" y en un acto irreconocible en mí, decidí ayudar a ese pobre nerd atropellado y entre chofer y presunto amigo decidimos llevarlo al hospital. En el camino el tipo no hacia más que llorar pero no de dolor ahora, sino de pensar que su novia lo iba esperar en vano. Cuando llegamos al hospital el chofer junto a unas enfermeras bajaron del carro al tipo y me pidió que por favor le mire el carro (si señores, a uno le pueden robar el carro así esté dentro de un hospital) le dije que si y mi "si" duró hasta que ellos se perdieron de vista. Ni bien pude me fui del lugar, tomé un taxi a mi trabajo y cuando llegué me di cuenta de lo que traía en las manos: la caja de chocolates del nerd. Esa noche fui a casa de mi novia, le dije que la quería mucho y que en señal de disculpas le había comprado una caja de chocolates, ella la acepto feliz, me perdonó y tuvimos el mejor sexo de reconciliación que recuerdo.
sábado, 25 de abril de 2009
VELORIO
He ido al velorio del padre de un amigo, en verdad detesto, odio y me hace muy mal ir a los velorios, esa exhibición morbosa de un cuerpo siempre me ha dado cierto repelús, tanto así que ya le he dicho a todos mis familiares y amigos que no me esperen en su velorio y que mucho menos me velen a mí, de frente al cementerio por favor. Pero en este caso puntual terminé asistiendo al velorio por error. Resulta que me había enterado que el padre estaba mal y decidí hacerle una visita a mi amigo para conversar un rato. Cuando llegué a la casa, toqué y no hubo respuesta, cuando ya me daba vuelta, la puerta se abrió y asomó la cara llorosa y doliente de mi amigo que corrió a mis brazos para decirme que su padre había fallecido en la mañana y que lo apoye en ese momento, cuando ya le iba decir que NO, empezó a llegar toda la parafernalia que rodea acontecimiento como estos: la capilla ardiente (que con ese calor iba arder de verdad), los arreglos florales (que le dan ese olor a muerte tan horrible al asunto) y hasta los ex compañeros de trabajo del difunto perfectamente uniformados (unos ex marinos mercantes o algo así), mientras observaba impávido todo ese asunto, empezaron a llegar los familiares y algunos infaltables chismosos. Harto de todo ese dolor masivo decidí escapar, cuando me disponía hacerlo una voz plañidera me pidió que por favor apoye a los tipos de la funeraria a sacar el cajón del muerto que acababa de llegar, mientras decía que no podía ya estaba cargando ese cajón que por el peso parecía contener el cadáver de una elefante y no de una persona. Luego de acomodarlo sobre unos parantes empezaron los rezos y las condolencias y comenzaron a exasperarse mis nervios.
Cuando cuestionaba mi suerte (y no la muerte), apareció mi amigo con una taza de café hirviendo (que quise rechazar porque hacía un calor terrible, además de estar encerrados todos ahí) pero la cortesía (maldita cortesía) me obligó a aceptar. Tratando de hacer una conversación le pregunté cómo es que su padre se enteró de su enfermedad y me contó una rara historia: resulta que el tío tenía relaciones con la empleada y un día en plena faena sexual el tipo vomitó encima de la chica que salió desnuda y asustada corriendo por toda la casa, lo que provocó que todos se enteraran del enredo. Pero el tío para evitar algún maltrato dijo sentirse muy mal y fue al hospital, el doctor detectó algo raro en él, le ordenó unos exámenes y con el tiempo el diagnostico fue contundente: tenía un virulento cáncer gástrico y escasas probabilidades de sobrevivir. Tal como se lo dijeron, sucedió, en menos de tres meses falleció.
No sé qué hubo de raro en esa historia que despertó en mí una reacción inesperada: me dio un soberano ataque de risa, me empecé a reír compulsivamente, de manera violenta y a todo volumen, en sonido envolvente, lo que obviamente provocó que todas las miradas y críticas se dirijan a mí, incluso el rostro de mi amigo pasó del profundo dolor al odio profundo. Me quitó la taza de café (y le di las gracias por eso y me reí más) y me pidió a nombre de él, su familia, los ex marinos mercantes y la memoria de su difunto (e infiel) padre que por favor me retire del velorio y que no vuelva nunca más (como si a uno le dieran ganas de regresar a los velorios). Yo en medio de mi ataque de risa traté de disculparme y explicarle que era algo involuntario, pero era peor, más risa me daba, hasta que vino su madre, o sea la viuda (y adornada por su marido), y me pido que me vaya o iba "usar la fuerza" (pensé que me iba embestir con los cuernos que le había dejado el marido) y (obviamente) me dio más risa aún. Agarrándome de los arreglos florales para no caerme de la risa, salí hasta la calle y gané un taxi con las justas ya que detrás de mí venía parte de la familia con ganas de enterrarme junto al tío.
Me reí todo el trayecto de regreso y hasta en mi casa por un buen rato más. No sé a qué se deba pero confieso que no tuve ninguna intención de burlarme. Supongo que he perdido un amigo. He escrito esto y me he vuelto a reír.
Cuando cuestionaba mi suerte (y no la muerte), apareció mi amigo con una taza de café hirviendo (que quise rechazar porque hacía un calor terrible, además de estar encerrados todos ahí) pero la cortesía (maldita cortesía) me obligó a aceptar. Tratando de hacer una conversación le pregunté cómo es que su padre se enteró de su enfermedad y me contó una rara historia: resulta que el tío tenía relaciones con la empleada y un día en plena faena sexual el tipo vomitó encima de la chica que salió desnuda y asustada corriendo por toda la casa, lo que provocó que todos se enteraran del enredo. Pero el tío para evitar algún maltrato dijo sentirse muy mal y fue al hospital, el doctor detectó algo raro en él, le ordenó unos exámenes y con el tiempo el diagnostico fue contundente: tenía un virulento cáncer gástrico y escasas probabilidades de sobrevivir. Tal como se lo dijeron, sucedió, en menos de tres meses falleció.
No sé qué hubo de raro en esa historia que despertó en mí una reacción inesperada: me dio un soberano ataque de risa, me empecé a reír compulsivamente, de manera violenta y a todo volumen, en sonido envolvente, lo que obviamente provocó que todas las miradas y críticas se dirijan a mí, incluso el rostro de mi amigo pasó del profundo dolor al odio profundo. Me quitó la taza de café (y le di las gracias por eso y me reí más) y me pidió a nombre de él, su familia, los ex marinos mercantes y la memoria de su difunto (e infiel) padre que por favor me retire del velorio y que no vuelva nunca más (como si a uno le dieran ganas de regresar a los velorios). Yo en medio de mi ataque de risa traté de disculparme y explicarle que era algo involuntario, pero era peor, más risa me daba, hasta que vino su madre, o sea la viuda (y adornada por su marido), y me pido que me vaya o iba "usar la fuerza" (pensé que me iba embestir con los cuernos que le había dejado el marido) y (obviamente) me dio más risa aún. Agarrándome de los arreglos florales para no caerme de la risa, salí hasta la calle y gané un taxi con las justas ya que detrás de mí venía parte de la familia con ganas de enterrarme junto al tío.
Me reí todo el trayecto de regreso y hasta en mi casa por un buen rato más. No sé a qué se deba pero confieso que no tuve ninguna intención de burlarme. Supongo que he perdido un amigo. He escrito esto y me he vuelto a reír.
sábado, 18 de abril de 2009
PIRATAS DE LAS PISTAS
Un amigo me ha convencido de acompañarlo al cementerio a visitar a su madre, muerta hace unos años de manera trágica. Luego de dar unas vueltas decidimos caminar hacia la Plaza Italia y tomar el célebre "moradito", también conocido como "la 10", mítica línea de micro de indeterminado recorrido (nunca se sabe dónde empieza y menos dónde termina su ruta) que nos llevaría al cementerio. Todo transcurría de lo más normal (entiéndase por normalidad al viajar en ese micro aceptar personajes tales como borrachos, pirañas y alguna tía con su perrito en brazos) hasta que llegando al muy dichoso barrio de "Maravillas" subieron tres sujetos con facha de para qué te cuento si te voy asustar y ni bien el carro avanzó unos metros los tres pillaracos desenfundaron –cual viejo oeste- tremendas pistolas y bajo la amenaza de hacernos llegar más rápido de lo pensado al cementerio (y no en el moradito precisamente) nos pidieron le entreguemos todas nuestras pertenencias pero al parecer los tipos no tenían mucha experiencia en los menesteres del delito porque no calibraron bien el nivel socio-económico de los viajantes, que los miraron entre compadecidos, misericordiosos y hasta con un toque de vergüenza ajena ya que nadie ahí tenía más allá de unos míseros soles, ni siquiera un celular, un pírrico mp3, nada de nada, incluso el perrito de la tía fue visto como posible botín pero al ver su escaso pedigrí decidieron bajarse del micro no sin antes lanzarnos un insulto hiriente: "misios de mierda". Claro que nadie se sintió aludido. Nosotros bajamos en el cementerio, compramos flores y nos volvimos en el mismo micro como si nada hubiera pasado.
sábado, 11 de abril de 2009
HUERFANO DE LA GUERRILLA
Estos días me he topado en el micro al menos tres veces con el mismo (embaucador) tipo que dice ser un colombiano, que "acaba de ser asaltado" y necesita dinero para regresar a su país. Y cómo si fuera poco se describe a si mismo como un "huérfano de la guerrilla", así que con su dejo colombiano (de Cúcuta según él) nos quiere convencer a todos que le demos unas monedas (si son billetes mejor) para un retorno que al parecer nunca se da porque si bien esta semana lo he visto seguido, ya antes me lo he cruzado y siempre con el mismo falso argumento.
El punto es que al parecer no soy el único que se lo había encontrado tan seguido, si no también una tía de unos cincuenta años que hoy en medio de su charlatanería lo embistió a carterazos mientras le gritaba "estafador, maldito, hace un año que me cruzo contigo y nunca te vas" y el tipo que ahora si parecía verse en un aprieto de verdad sólo atinaba a pedir ayuda y que le saquen de encima a esa justiciera anónima pero obviamente nadie hizo nada que no fuera aplaudir y lanzar alguna arenga a favor de nuestra espontánea vengadora. Sólo cuando el micro se detuvo el tipo tuvo una oportunidad de escapar y dando grandes zancadas saltó del carro y siguió corriendo por las calles como si verdad lo persiguiera la guerrilla.
El punto es que al parecer no soy el único que se lo había encontrado tan seguido, si no también una tía de unos cincuenta años que hoy en medio de su charlatanería lo embistió a carterazos mientras le gritaba "estafador, maldito, hace un año que me cruzo contigo y nunca te vas" y el tipo que ahora si parecía verse en un aprieto de verdad sólo atinaba a pedir ayuda y que le saquen de encima a esa justiciera anónima pero obviamente nadie hizo nada que no fuera aplaudir y lanzar alguna arenga a favor de nuestra espontánea vengadora. Sólo cuando el micro se detuvo el tipo tuvo una oportunidad de escapar y dando grandes zancadas saltó del carro y siguió corriendo por las calles como si verdad lo persiguiera la guerrilla.
jueves, 2 de abril de 2009
SORPRESA DE CUMPLEAÑOS
Es la madrugada de mi cumpleaños y luego de beber unas cervezas con Y. en su casa, decidimos enrumbarnos en busca de otro lugar que nos cobije. Llevo conmigo el libro que me acaba de regalar, le digo que si me aburre su charla me pondré a leer. Llegamos a un bar barranquino que nos convence por su media luz y su música apenas perceptible. Nos parapetamos en la mesa mas escondida y pedimos unos mojitos. La hierbabuena y el alcohol nos animan a una charla llena de risas y disparates.
Cuando los mojitos nos van gustando más y planeamos dónde seguir la noche de pronto se nos acerca una chica guapa y nos pregunta si puede sentarse con nosotros. Hacemos un gesto de resignación que ella interpreta como un si. Se sienta y con un gesto apenas perceptible en esa media oscuridad envenenada por los cigarros llama al mesero y le pide tres mojitos. Los bebemos mientras nos interroga acerca de qué hacemos ahí y si somos enamorados. Con un gesto cómplice decidimos seguirle el juego, le decimos que estamos festejando un año de enamorados. Se alisa el cabello con los dedos, saca un cigarro, le da una profunda chupada y sonríe con un gesto de satisfacción.
Así pasa un buen rato, ente tragos, cigarros, sonrisas, preguntas y mentiras como respuestas. Cuando estamos lo suficientemente borrachos nos dice que quiere proponernos algo, Y. le dice que no se va volver burrier y yo le digo que el servicio completo cuesta cien soles, ella festeja nuestras bromas y nos dispara a quemarropa: "tengo mi novio que está sentado en esa mesa (nos señala una mesa al otro extremo y recién distinguimos a un chico guapo que bebe solo y nos manda una sonrisa trabajadamente seductora) y queremos hacer un intercambio sexual y los escogimos a ustedes". No lo termina de decir y explotamos en risas, el trago se nos sale hasta por la nariz. Ella no se inmuta y espera a que nos calmemos, cosa que tarda buen tiempo en suceder. Cuando lo hacemos nos reitera su propuesta mientras toca el cabello de Y., por un momento la escena me gusta pero no me dejo llevar. Le decimos que necesitamos pensarlo, le pedimos su número y ella lo escribe en una servilleta, la besa y la pone en el bolsillo de mi camisa. Se para y se va moviendo el culo como una yegua.
Terminamos los mojitos y vemos que nos siguen observando desde su mesa, decidimos ir al baño, ella memoriza el número y me dice algo al oído. Cuando entro al baño saco un lapicero y copio su número en todos los lugares posibles junto al siguiente texto: "pareja moderna busca incautos para intercambio, la casa paga los tragos". Salgo y veo a Y., le pregunto qué ha escrito, me lo dice matándose de la risa: "soy Nicole, me tiro lo que sea con tal que respire". Nos sentimos dos criaturas traviesas. Me abraza y besa en la mejilla y me dice que ése es mi otro regalo, salimos amparados en la confusión del alcohol. En el taxi de regreso nos damos cuenta que olvidamos el libro. Me dice que soy un tonto y yo le digo que seguro van hacer un trío con el libro y nos volvemos a cagar de la risa. No hay dudas que es un buen cumpleaños.
Cuando los mojitos nos van gustando más y planeamos dónde seguir la noche de pronto se nos acerca una chica guapa y nos pregunta si puede sentarse con nosotros. Hacemos un gesto de resignación que ella interpreta como un si. Se sienta y con un gesto apenas perceptible en esa media oscuridad envenenada por los cigarros llama al mesero y le pide tres mojitos. Los bebemos mientras nos interroga acerca de qué hacemos ahí y si somos enamorados. Con un gesto cómplice decidimos seguirle el juego, le decimos que estamos festejando un año de enamorados. Se alisa el cabello con los dedos, saca un cigarro, le da una profunda chupada y sonríe con un gesto de satisfacción.
Así pasa un buen rato, ente tragos, cigarros, sonrisas, preguntas y mentiras como respuestas. Cuando estamos lo suficientemente borrachos nos dice que quiere proponernos algo, Y. le dice que no se va volver burrier y yo le digo que el servicio completo cuesta cien soles, ella festeja nuestras bromas y nos dispara a quemarropa: "tengo mi novio que está sentado en esa mesa (nos señala una mesa al otro extremo y recién distinguimos a un chico guapo que bebe solo y nos manda una sonrisa trabajadamente seductora) y queremos hacer un intercambio sexual y los escogimos a ustedes". No lo termina de decir y explotamos en risas, el trago se nos sale hasta por la nariz. Ella no se inmuta y espera a que nos calmemos, cosa que tarda buen tiempo en suceder. Cuando lo hacemos nos reitera su propuesta mientras toca el cabello de Y., por un momento la escena me gusta pero no me dejo llevar. Le decimos que necesitamos pensarlo, le pedimos su número y ella lo escribe en una servilleta, la besa y la pone en el bolsillo de mi camisa. Se para y se va moviendo el culo como una yegua.
Terminamos los mojitos y vemos que nos siguen observando desde su mesa, decidimos ir al baño, ella memoriza el número y me dice algo al oído. Cuando entro al baño saco un lapicero y copio su número en todos los lugares posibles junto al siguiente texto: "pareja moderna busca incautos para intercambio, la casa paga los tragos". Salgo y veo a Y., le pregunto qué ha escrito, me lo dice matándose de la risa: "soy Nicole, me tiro lo que sea con tal que respire". Nos sentimos dos criaturas traviesas. Me abraza y besa en la mejilla y me dice que ése es mi otro regalo, salimos amparados en la confusión del alcohol. En el taxi de regreso nos damos cuenta que olvidamos el libro. Me dice que soy un tonto y yo le digo que seguro van hacer un trío con el libro y nos volvemos a cagar de la risa. No hay dudas que es un buen cumpleaños.
jueves, 26 de marzo de 2009
Asalto de Navidad
Vamos a comprar con un amigo un regalo para su sobrino, decidimos ir al congestionado (y una vez chamuscado) "Mesa Redonda". Encontramos todo tipo de juguetes pero el que nos termina convenciendo es un carro enorme a batería donde cabe un niño grande, el vendedor se ha disfrazado estratégicamente de Papá Noel y con un tono de voz al ritmo de villancicos nos endulza acerca de todas las bondades de ese pequeño bólido, yo miro a mi amigo y le digo que es una buena oferta y a su sobrino le va encantar. En su afán por convencernos, nuestro improvisado viejito pascuero arrancha a un niño de los brazos de su madre y lo monta en el carro, faltaba más, nos convence. Le damos el dinero, nos envuelve el juguete en papel regalo y sentimos que hemos hecho un buen trato. Esquivando todo tipo de personaje que nos rodea llegamos a un taxi y me pide acompañarlo a su casa para entregarle el regalo a su sobrino "me llega esperar al 24, se lo doy hoy mismo", emocionado por participar en tamaña postal navideño-familiar no lo pienso mucho y me subo al taxi, en el camino hacemos todo tipo de bromas sobre cómo lo tomará su sobrino.
Cuando llegamos a casa del niño le entrega el regalo sin mayor trámite y él sin mayor trámite (ni siquiera le agradece) destroza la envoltura y destroza, de paso, su ilusión: lo que va emergiendo debajo de esos jirones de papel regalo nos deja patitiesos, de aquel bólido pistero que vimos hace un rato no hay nada, solo asoma un montón de pedazos de plástico y tecnopor, sintiéndonos ultrajados en nuestra inteligencia, tomamos todos los restos de basura y en otro taxi nos vamos de vuelta en búsqueda de ese Papá Noel estafador. Cuando llegamos encontramos una muralla de policías delante del puesto, a nuestro estafador navideño enmarrocado y sometido y al lado un montón de cojudos haciendo fila con su respectivo paquete de basura en brazos listos para reclamar. Humillados y avergonzados dejamos discretamente a un lado nuestro paquete y nos marchamos cada uno por su lado sin despedirnos.
Cuando llegamos a casa del niño le entrega el regalo sin mayor trámite y él sin mayor trámite (ni siquiera le agradece) destroza la envoltura y destroza, de paso, su ilusión: lo que va emergiendo debajo de esos jirones de papel regalo nos deja patitiesos, de aquel bólido pistero que vimos hace un rato no hay nada, solo asoma un montón de pedazos de plástico y tecnopor, sintiéndonos ultrajados en nuestra inteligencia, tomamos todos los restos de basura y en otro taxi nos vamos de vuelta en búsqueda de ese Papá Noel estafador. Cuando llegamos encontramos una muralla de policías delante del puesto, a nuestro estafador navideño enmarrocado y sometido y al lado un montón de cojudos haciendo fila con su respectivo paquete de basura en brazos listos para reclamar. Humillados y avergonzados dejamos discretamente a un lado nuestro paquete y nos marchamos cada uno por su lado sin despedirnos.
jueves, 19 de marzo de 2009
YO NO ME LLAMO JAVIER (DEJEN YA DE JODER)
Por si alguien no lo sabe mi nombre es Jaime, "Jimmy" es como me llaman cariñosamente mis amigos cercanos. Resulta que hace unos años postulé a un trabajo e increíblemente fui contratado de forma inmediata (pese a no saber ni medio sobre el trabajo).
El primer día que me presenté en el nuevo trabajo estaba muerto de nervios, ni bien entré, hablé con el Jefe que me preguntó mi nombre y diciéndome un par de palabras vacías mandó llamar a su asistente y le dijo que me llevará a mi lugar de trabajo y me diera las indicaciones necesarias.
-Lleva a Javier que es nuevo.
-Si Jefe.
En el camino le dije al tipo (un enano al que nunca vi reír) que yo no me llamaba Javier si no Jaime, claro él me ignoró olímpicamente y al irse me dijo "acá lo dejo señor Javier". Y fue así como poco a poco todos en la empresa me empezaron a llamar por ese nombre a pesar de mis (inútiles) aclaraciones. Así que con el tiempo al notar que era una pérdida de tiempo tratar de aclararlo me resigné a "llamarme Javier" (en el fondo hasta le tomé cierto cariño a ese nombre). Con el tiempo llegó el aniversario de la empresa y para los festejos organizaron un almuerzo de confraternidad (que en el fondo no fue otra cosa que una borrachera atroz y puñalera donde todos rajaban de la empresa y los jefes) y un sorteo donde el primer premio era un viaje al Cuzco y el segundo una tv gigantesca de mil pulgadas y no sé qué más chucherías encima.
Para efectuarse el tan deseado sorteo el jefe anunció que había escrito los nombres de cada trabajador en unos papelitos que el hijo del dueño irá sacando para anunciar a los ganadores. El primero se lo llevó (para sorpresa de nadie) la secretaria (y eventual amante) del dueño de la empresa y el segundo lugar fue para "Javier" cosa que mis compañeros recibieron con gran chacota y algarabía (y con grandes sospechas de que yo fuera el amante gay del dueño de la empresa).
Cuando me acerqué al jefe, éste me dio un ticket con el nombre de una conocida tienda para que pase a recoger mi nueva tv. Al día siguiente pedí permiso para ir a reclamar mi premio y apenas llegué a la tienda presenté mi ticket con mis documentos pero por toda respuesta recibí un gran insulto: "estafador" que en mis documentos decía Jaime y no "Javier" y a pesar que me deshice en explicaciones no me dieron nada. Cuando volví al trabajo fui a quejarme y por toda respuesta recibí otro insulto: "mentiroso" por parte de mi jefe que me acusó de haberlo engañado todo el tiempo diciéndole que me llamaba "Javier".
Viéndome enfrascado en tan absurda situación opté por ir al departamento de Recursos Humanos donde una vez más me quejé y donde me dieron la más absurda de las respuestas: que nada se podía hacer, el ticket había sido elaborado con ese nombre y no lo podían cambiar, salvo si tenía un hermano que se llame Javier...
Fue así como por una absurda confusión que nunca pude aclarar, terminé perdiendo mi premio que fue a parar en el comedor de la empresa luego de ser declarado desierto el segundo lugar.
El primer día que me presenté en el nuevo trabajo estaba muerto de nervios, ni bien entré, hablé con el Jefe que me preguntó mi nombre y diciéndome un par de palabras vacías mandó llamar a su asistente y le dijo que me llevará a mi lugar de trabajo y me diera las indicaciones necesarias.
-Lleva a Javier que es nuevo.
-Si Jefe.
En el camino le dije al tipo (un enano al que nunca vi reír) que yo no me llamaba Javier si no Jaime, claro él me ignoró olímpicamente y al irse me dijo "acá lo dejo señor Javier". Y fue así como poco a poco todos en la empresa me empezaron a llamar por ese nombre a pesar de mis (inútiles) aclaraciones. Así que con el tiempo al notar que era una pérdida de tiempo tratar de aclararlo me resigné a "llamarme Javier" (en el fondo hasta le tomé cierto cariño a ese nombre). Con el tiempo llegó el aniversario de la empresa y para los festejos organizaron un almuerzo de confraternidad (que en el fondo no fue otra cosa que una borrachera atroz y puñalera donde todos rajaban de la empresa y los jefes) y un sorteo donde el primer premio era un viaje al Cuzco y el segundo una tv gigantesca de mil pulgadas y no sé qué más chucherías encima.
Para efectuarse el tan deseado sorteo el jefe anunció que había escrito los nombres de cada trabajador en unos papelitos que el hijo del dueño irá sacando para anunciar a los ganadores. El primero se lo llevó (para sorpresa de nadie) la secretaria (y eventual amante) del dueño de la empresa y el segundo lugar fue para "Javier" cosa que mis compañeros recibieron con gran chacota y algarabía (y con grandes sospechas de que yo fuera el amante gay del dueño de la empresa).
Cuando me acerqué al jefe, éste me dio un ticket con el nombre de una conocida tienda para que pase a recoger mi nueva tv. Al día siguiente pedí permiso para ir a reclamar mi premio y apenas llegué a la tienda presenté mi ticket con mis documentos pero por toda respuesta recibí un gran insulto: "estafador" que en mis documentos decía Jaime y no "Javier" y a pesar que me deshice en explicaciones no me dieron nada. Cuando volví al trabajo fui a quejarme y por toda respuesta recibí otro insulto: "mentiroso" por parte de mi jefe que me acusó de haberlo engañado todo el tiempo diciéndole que me llamaba "Javier".
Viéndome enfrascado en tan absurda situación opté por ir al departamento de Recursos Humanos donde una vez más me quejé y donde me dieron la más absurda de las respuestas: que nada se podía hacer, el ticket había sido elaborado con ese nombre y no lo podían cambiar, salvo si tenía un hermano que se llame Javier...
Fue así como por una absurda confusión que nunca pude aclarar, terminé perdiendo mi premio que fue a parar en el comedor de la empresa luego de ser declarado desierto el segundo lugar.
viernes, 13 de marzo de 2009
SECUESTRADOR
"Si desean de regreso a Pipo deben entregar 200 dólares, déjenlo en la última banca del Parque que está frente a su casa, luego recibirán instrucciones para recogerlo".
La lectura por parte de José, el fiel chofer, dejo asombrados a todos: Daniel, el padre, pareció congelarse junto a su taza de café. Karina, la madre, pareció quedar suspendida en el aire mientras bajaba el último escalón. A Carol, la engreída de 7 años, se le petrificaron las lágrimas y sus mocos se volvieron una dura costra. Sus oídos no daban crédito a lo que acababan de escuchar. No deliberaron mucho, de por medio estaba la tranquilidad de Carol ("Carito" en sus momentos de engreimiento), así que encargaron a José haga el trato y al día siguiente ya estaba "Pipo" de nuevo en casa, dejando su cagarrunta por todos lados como muestra de indescriptible felicidad.
En la calle del frente un gozoso tipo se frotaba las manos con los 200 dólares mientras planeaba su próximo golpe: "Mito", el bullero y nervioso Shitzu que todos los días paseaban unos niños en el mismo parque. Con mucho menos esfuerzo de lo planeado ya tenía a "Mito" en su casa, crispándole los nervios hasta el infinito con sus ladridos. Quizá fue por eso que no midió bien el alcance de lo que había hecho. Envió la nueva nota de rescate y con unos tapones en los oídos se hecho a dormir esperando nuevamente dinero fresco.
Cuando fue en busca del nuevo botín lo que encontró no fue precisamente dinero si no el frío del cañón de una pistola acariciándole la nuca. Cuando volteó estaba ahí un tipo enorme y con los ojos inyectados de venganza. Caviló tratando de ubicar ese rostro en sus recuerdos pero no lo reconoció (en ese ejercicio mental llego a recordar a un olvidado profesor de primaria incluso). De su bolsillo (como si fuera el bolsillo de un mago desde donde empiezan a surgir cosas impensadas) empezaron a salir desde billetes que nunca tuvo hasta navegables cantidades de cocaína. Sólo ahí cayó en cuenta: le habían sembrado drogas para inculparlo, todo el tiempo había estado seguro que por ser "secuestrador" de mascotas no iría preso, pero las drogas eran ya una cosa seria.
La lectura por parte de José, el fiel chofer, dejo asombrados a todos: Daniel, el padre, pareció congelarse junto a su taza de café. Karina, la madre, pareció quedar suspendida en el aire mientras bajaba el último escalón. A Carol, la engreída de 7 años, se le petrificaron las lágrimas y sus mocos se volvieron una dura costra. Sus oídos no daban crédito a lo que acababan de escuchar. No deliberaron mucho, de por medio estaba la tranquilidad de Carol ("Carito" en sus momentos de engreimiento), así que encargaron a José haga el trato y al día siguiente ya estaba "Pipo" de nuevo en casa, dejando su cagarrunta por todos lados como muestra de indescriptible felicidad.
En la calle del frente un gozoso tipo se frotaba las manos con los 200 dólares mientras planeaba su próximo golpe: "Mito", el bullero y nervioso Shitzu que todos los días paseaban unos niños en el mismo parque. Con mucho menos esfuerzo de lo planeado ya tenía a "Mito" en su casa, crispándole los nervios hasta el infinito con sus ladridos. Quizá fue por eso que no midió bien el alcance de lo que había hecho. Envió la nueva nota de rescate y con unos tapones en los oídos se hecho a dormir esperando nuevamente dinero fresco.
Cuando fue en busca del nuevo botín lo que encontró no fue precisamente dinero si no el frío del cañón de una pistola acariciándole la nuca. Cuando volteó estaba ahí un tipo enorme y con los ojos inyectados de venganza. Caviló tratando de ubicar ese rostro en sus recuerdos pero no lo reconoció (en ese ejercicio mental llego a recordar a un olvidado profesor de primaria incluso). De su bolsillo (como si fuera el bolsillo de un mago desde donde empiezan a surgir cosas impensadas) empezaron a salir desde billetes que nunca tuvo hasta navegables cantidades de cocaína. Sólo ahí cayó en cuenta: le habían sembrado drogas para inculparlo, todo el tiempo había estado seguro que por ser "secuestrador" de mascotas no iría preso, pero las drogas eran ya una cosa seria.
jueves, 5 de marzo de 2009
COSA (O CASA) DE LOCAS
Es verano y estoy en casa de Yvonne, hace un calor sofocante y ni los ventiladores nos refrescan. Decidimos abrir la puerta y ventanas en espera de un aire fresco que nos alivie un poco el bochorno, pero nada de eso sucede. Hastiados ya de la situación y muertos de sed decidimos ir a la cocina en busca de algo helado para beber.
Cuando volvemos con una coca cola en mano cada uno, nos damos con tremenda sorpresa: en el sofá de la sala, despatarrada y viendo televisión está sentada…¡una loca! Ni ella ni yo sabemos qué hacer, sólo atinamos a mirarnos atónitos y confundidos. La loca se pone de pie, le quita la coca cola de la mano y se vuelve a sentar mientras se ríe a grandes carcajadas viendo las escenas de un violento crimen.
-Sácala.
-¿Yo por qué?
-Porque eres el hombre.
-A chucha, machista eres ahora, si te viera Flora Tristán le da chucaque.
-Chucaque me va dar a mí con esa loca en mi sofá.
-Por eso mismo, es tu sofá, tu loca, ergo tu problema mamita.
-No papito, fuiste tú el de la idea de abrir la puerta.
-La culpa es del calentamiento global.
En plena discusión la loca alza la voz.
-Pueden hablar más bajo por favor, es el colmo que una no pueda estar en paz nunca.
Volvemos a mirarnos.
-¿Estás segura que no es tu vieja? Hablan igualito.
-Cállate idiota, en lugar de derramar tanta tontería saca a esa loca de acá.
-Me rehúso, soy libre por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de la causa que Dios defiende.
-SÁ-CA-LA
-Bueno pero no te enojes.
Me acerco a la loca y cuando le voy a pedir que se vaya ella me da la coca cola y me pide que le traiga otra pero "más helada porque hace mucho calor". Me siento absurdo y dudo entre traerle otra, salir corriendo o volver a intentar decirle algo pero la mirada furiosa de Yvonne me convence de hacer un nuevo intento. Le pido por favor se retire, ella me mira burlona y me dice "no jodas y no me hables hasta los comerciales". Sin más opción me quedo a esperar los comerciales mientras Yvonne me hace todo tipo de gestos para que la eche y yo ya no sé a qué loca hacerle caso (si a la que está sentada o la que está de pie haciéndome gestos).
Cuando llegan los ansiados comerciales voltea y me dice:
-Ahora si jovencito ¿qué desea?, ¿para que soy buena?
-Deseo que se retire, usted entró acá y está no es su casa.
-Mierda, Colón eres, descubriste América.
-No es eso…
-Si ya sé que no e mi casa pero sólo quiero ver un poco de televisión y descansar un rato, no sabes lo jodido que es la calle, nadie nunca me da la razón, cómo si no la tuviera.
Miro a Yvonne y sin más nos resignamos a esperar que se vaya sola, lo que no tarda más de cinco minutos. Se pone de pie, sacude su descolorido vestido y haciéndonos un gesto de despedida se va sin más. Lo primero que hacemos es trancar la puerta, luego cargar el sofá y sacarlo al jardín a la espera de deshacernos de él mientras pienso qué al final me quedé con la más loca.
Cuando volvemos con una coca cola en mano cada uno, nos damos con tremenda sorpresa: en el sofá de la sala, despatarrada y viendo televisión está sentada…¡una loca! Ni ella ni yo sabemos qué hacer, sólo atinamos a mirarnos atónitos y confundidos. La loca se pone de pie, le quita la coca cola de la mano y se vuelve a sentar mientras se ríe a grandes carcajadas viendo las escenas de un violento crimen.
-Sácala.
-¿Yo por qué?
-Porque eres el hombre.
-A chucha, machista eres ahora, si te viera Flora Tristán le da chucaque.
-Chucaque me va dar a mí con esa loca en mi sofá.
-Por eso mismo, es tu sofá, tu loca, ergo tu problema mamita.
-No papito, fuiste tú el de la idea de abrir la puerta.
-La culpa es del calentamiento global.
En plena discusión la loca alza la voz.
-Pueden hablar más bajo por favor, es el colmo que una no pueda estar en paz nunca.
Volvemos a mirarnos.
-¿Estás segura que no es tu vieja? Hablan igualito.
-Cállate idiota, en lugar de derramar tanta tontería saca a esa loca de acá.
-Me rehúso, soy libre por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de la causa que Dios defiende.
-SÁ-CA-LA
-Bueno pero no te enojes.
Me acerco a la loca y cuando le voy a pedir que se vaya ella me da la coca cola y me pide que le traiga otra pero "más helada porque hace mucho calor". Me siento absurdo y dudo entre traerle otra, salir corriendo o volver a intentar decirle algo pero la mirada furiosa de Yvonne me convence de hacer un nuevo intento. Le pido por favor se retire, ella me mira burlona y me dice "no jodas y no me hables hasta los comerciales". Sin más opción me quedo a esperar los comerciales mientras Yvonne me hace todo tipo de gestos para que la eche y yo ya no sé a qué loca hacerle caso (si a la que está sentada o la que está de pie haciéndome gestos).
Cuando llegan los ansiados comerciales voltea y me dice:
-Ahora si jovencito ¿qué desea?, ¿para que soy buena?
-Deseo que se retire, usted entró acá y está no es su casa.
-Mierda, Colón eres, descubriste América.
-No es eso…
-Si ya sé que no e mi casa pero sólo quiero ver un poco de televisión y descansar un rato, no sabes lo jodido que es la calle, nadie nunca me da la razón, cómo si no la tuviera.
Miro a Yvonne y sin más nos resignamos a esperar que se vaya sola, lo que no tarda más de cinco minutos. Se pone de pie, sacude su descolorido vestido y haciéndonos un gesto de despedida se va sin más. Lo primero que hacemos es trancar la puerta, luego cargar el sofá y sacarlo al jardín a la espera de deshacernos de él mientras pienso qué al final me quedé con la más loca.
jueves, 26 de febrero de 2009
ESPERANDO (SENTADO)
Es lunes y me he quedado dormido (el día anterior me he emborrachado con una amiga que acaba de volver a Lima), voy retrasado al trabajo. He subido a una degradante y genocida combi limeña que va a una velocidad de fórmula 1 sin frenar siquiera al momento de doblar una calle. A pesar de estar abarrotada de gente (algunos mal sentados y otros doblados en tres) en una esquina suben un par de personas más: una anciana que refunfuña de todo y una chica muy sexy pero nadie les da asiento así que yo haciendo gala de mis modales le doy el asiento no a la anciana si no a esa preciosura que tan rico huele, pero ella me dice que no gracias pero que si por favor le puedo llevar su cartera para así poder sujetarse bien en cada zamaqueada que nos mete el chofer asesino, cosa a la que no me niego.
Al rato me despierto sobresaltado (me he quedado dormido, la juerga del día anterior me empieza pasar la factura) y noto que me he pasado un par de calles así que me busco a la chica que me dio su cartera, pero veo que no está. Sin más opción bajo y me voy al trabajo (obviamente que al verme ingresando con una cartera soy blanco de las más arteras bromas de mis compañeros)
Cuando ya estoy solo decido abrir la cartera en busca de alguna pista de cómo ubicar a la chica que me la dio. Al vaciar su contenido voy encontrando las cosas habituales: ni, maquillaje, lapiceros, encendedor, un celular y algo que sin saber qué es me llama la atención, cuando me fijo bien es un súper sexy hilo dental negro que en cuestión de segundos me hace alucinar febrilmente a la dueña de esa preciada prenda. Luego, entre emocionado y excitado por tan portentoso descubrimiento, decido llamar a un número que encontré en su celular bajo el nombre de "casa". Cuando llamo pregunto por ella (he visto su nombre en el dni) y dejo mi número con el encargo de que tengo su cartera.
Ese mismo día en la noche me llama y queda conmigo en pasar por mi casa al día siguiente muy temprano. Tal cual quedamos se presenta en mi casa antes de las siete de la mañana y yo que desde las cinco la espero ansioso la invito a pasar pero ella me dice que no, que está apurada.
-¿Te puedo agradecer de alguna manera?
-Lo ideal sería que usaras ese hilo dental delante mío.
-¿Tú crees?
-Claro, luego moriría feliz, en pleno orgasmo.
-Por ahora no será posible.
-Lo sé.
-Pero queda pendiente, yo te llamo.
-Gracias, esperaré ansioso tu llamada.
-Seguro guapo.
Han pasado cuatro años y sigo esperando su llamada.
Al rato me despierto sobresaltado (me he quedado dormido, la juerga del día anterior me empieza pasar la factura) y noto que me he pasado un par de calles así que me busco a la chica que me dio su cartera, pero veo que no está. Sin más opción bajo y me voy al trabajo (obviamente que al verme ingresando con una cartera soy blanco de las más arteras bromas de mis compañeros)
Cuando ya estoy solo decido abrir la cartera en busca de alguna pista de cómo ubicar a la chica que me la dio. Al vaciar su contenido voy encontrando las cosas habituales: ni, maquillaje, lapiceros, encendedor, un celular y algo que sin saber qué es me llama la atención, cuando me fijo bien es un súper sexy hilo dental negro que en cuestión de segundos me hace alucinar febrilmente a la dueña de esa preciada prenda. Luego, entre emocionado y excitado por tan portentoso descubrimiento, decido llamar a un número que encontré en su celular bajo el nombre de "casa". Cuando llamo pregunto por ella (he visto su nombre en el dni) y dejo mi número con el encargo de que tengo su cartera.
Ese mismo día en la noche me llama y queda conmigo en pasar por mi casa al día siguiente muy temprano. Tal cual quedamos se presenta en mi casa antes de las siete de la mañana y yo que desde las cinco la espero ansioso la invito a pasar pero ella me dice que no, que está apurada.
-¿Te puedo agradecer de alguna manera?
-Lo ideal sería que usaras ese hilo dental delante mío.
-¿Tú crees?
-Claro, luego moriría feliz, en pleno orgasmo.
-Por ahora no será posible.
-Lo sé.
-Pero queda pendiente, yo te llamo.
-Gracias, esperaré ansioso tu llamada.
-Seguro guapo.
Han pasado cuatro años y sigo esperando su llamada.
jueves, 19 de febrero de 2009
¿GENEROSIDAD?
El domingo quedé en cenar con una amiga a la que no veía hace mucho tiempo. Si bien no habíamos acordado previamente qué o dónde comer algo nos terminamos encontrando justo delante de una pollería, así que sin más pensarlo entramos a comer un peruanísimo pollo a la brasa. Cuando nos trajeron la carta encontramos entre los platos que nos ofrecían uno muy tentador: carne a la parrilla, bife, chorizos anticuchos y dos cuartos de pollo a la brasa más una gaseosa como de 35 litros, así que con la intención de cometer el pecado de la gula no lo dudamos y pedimos tamaña tentación.
No se tardaron mas de diez minutos en servirnos y en menos de diez minutos ya habíamos arrasado con parrilla, anticuchos, chorizos y bifes (sin hablar ni media palabra, la verdad ni a ella ni a mí nos interesaba que había sido de nuestra vida en todo este tiempo, sólo queríamos tragarnos esas jugosas carnes) pero aún nos sobrevivían dos humeantes y carnosos cuartos de pollo que valgan verdades ya no nos entraban en nuestros abotagados estómagos de tantas carnes.
-La verdad no me entra ni el agua.
-A mí tampoco Jimmy ¿qué hacemos?
-Llamar una ambulancia para que me lleve a mi casa, voy explotar.
-No, ¿qué hacemos con los cuartos de pollo?
-Dejarlos nomás, yo ya no puedo ni tragar saliva.
-Pero me da pena.
-Ya están muertos, normal nomás.
-No es eso.
-¿Entonces?
-Es que ya están pagados.
-Eso si.
-Me da pena que se pierdan.
-Nada, ya están grandes, seguro no se pierden.
-Digo que deberíamos llevarlos.
-A ya, tienes razón, pide que te los den para llevar.
-Pero me palteo.
-Normal nomás
-Me da roche.
-Ya sé, tengo una idea.
Llamo al mesero y le pido que me aliste esos dos cuartos de pollo para llevar.
-Son para mi perrito, ya sabes como son las mascotas, luego se resienten si uno no les lleva algo.
-No se preocupe, yo entiendo.
Me dice eso, me hace un guiño cómplice y se va llevándo el pollo. Al momento regresa con una bolsa pero no con una del tamaño adecuado para dos cuartos de pollo, muy por el contrario es una bolsa inmensa que más bien parece contener cinco pollos super gordos y me la entrega.
-¿Qué es esto?
-Su pollo joven.
-Te has equivocado, lo mío eran apenas dos cuartos.
-Si lo sé, pero LE AUMENTÉ LOS RESTOS DE COMIDA DE LOS DEMÁS para que su perrito no se queje.
-No jodas!!
-¿Perdón?
-Nada, muchas gracias.
Mi amiga y yo nos miramos confundidos y nos sentimos los más grandes cojudos de la noche, salimos a la calle y apenas vemos unos perros callejeros le abrimos la bolsa y nos vamos fumando y resignados (a ser los más grandes tontos de la noche)
No se tardaron mas de diez minutos en servirnos y en menos de diez minutos ya habíamos arrasado con parrilla, anticuchos, chorizos y bifes (sin hablar ni media palabra, la verdad ni a ella ni a mí nos interesaba que había sido de nuestra vida en todo este tiempo, sólo queríamos tragarnos esas jugosas carnes) pero aún nos sobrevivían dos humeantes y carnosos cuartos de pollo que valgan verdades ya no nos entraban en nuestros abotagados estómagos de tantas carnes.
-La verdad no me entra ni el agua.
-A mí tampoco Jimmy ¿qué hacemos?
-Llamar una ambulancia para que me lleve a mi casa, voy explotar.
-No, ¿qué hacemos con los cuartos de pollo?
-Dejarlos nomás, yo ya no puedo ni tragar saliva.
-Pero me da pena.
-Ya están muertos, normal nomás.
-No es eso.
-¿Entonces?
-Es que ya están pagados.
-Eso si.
-Me da pena que se pierdan.
-Nada, ya están grandes, seguro no se pierden.
-Digo que deberíamos llevarlos.
-A ya, tienes razón, pide que te los den para llevar.
-Pero me palteo.
-Normal nomás
-Me da roche.
-Ya sé, tengo una idea.
Llamo al mesero y le pido que me aliste esos dos cuartos de pollo para llevar.
-Son para mi perrito, ya sabes como son las mascotas, luego se resienten si uno no les lleva algo.
-No se preocupe, yo entiendo.
Me dice eso, me hace un guiño cómplice y se va llevándo el pollo. Al momento regresa con una bolsa pero no con una del tamaño adecuado para dos cuartos de pollo, muy por el contrario es una bolsa inmensa que más bien parece contener cinco pollos super gordos y me la entrega.
-¿Qué es esto?
-Su pollo joven.
-Te has equivocado, lo mío eran apenas dos cuartos.
-Si lo sé, pero LE AUMENTÉ LOS RESTOS DE COMIDA DE LOS DEMÁS para que su perrito no se queje.
-No jodas!!
-¿Perdón?
-Nada, muchas gracias.
Mi amiga y yo nos miramos confundidos y nos sentimos los más grandes cojudos de la noche, salimos a la calle y apenas vemos unos perros callejeros le abrimos la bolsa y nos vamos fumando y resignados (a ser los más grandes tontos de la noche)
jueves, 12 de febrero de 2009
CASI LO MISMO (PERO NO)
Hace varios días que no visitaba a mi madre así que ayer decidí pasar por su casa comprándole antes unos chocolates que le gustan mucho, pero tuve la mala suerte (no sé de qué me extraño si siempre la he tenido) de llegar justo cuando ella salía a hacer unos pagos así que me pidió la esperara un rato y de paso reciba a una viejísima tía mía a quien sólo conocía de nombre (María). Fue justamente por esas razones que le pregunté cómo la iba reconocer y ella me dio por toda respuesta "es una viejita, es la única que va tocar la puerta". Sin más qué hacer me senté a leer el diario (y comerme el chocolate que traje de regalo) mientras esperaba la visita.
Fue entonces que cuando ya me dormía en la espera sentí que tocaban la puerta, me fijé por la mirilla y efectivamente ahí estaba ella: una viejita arrugadísima y llena de canas que miraba ansiosa la puerta y yo conmovido por esa mirada que me resultaba tan familiar abrí la puerta, le dí un beso y sin más preámbulos la hice pasar y le pregunté si deseaba algo.
-¿Puedo usar el baño?
-Claro, cómo no.
-Gracias.
-Adelante.
Cuando salió del baño le pregunté si deseaba servirse algo.
-No gracias.
-Pero no sea así, tómese algo, mire que el frío...
-Ya que insistes te acepto un anís.
-Enseguida se lo traigo.
Sin tardarme mucho le llevé una humeante taza de anís que ella tomó precipitadamente y sin quemarse. Ni bien la terminó me dijo si podía recostarse un rato porque se sentía un tanto cansada y yo conmovido por su fragilidad y conocedor del ancestral vinculo familiar que nos unía no dudé en decirle que si y hasta sentarme a su lado y contarle mi vida mientras ella cogía sueño, cosa que no tardó mucho en suceder porque apenas empezaba ella ya roncaba como un camión viejo.
En ese momento regresó mi madre acompañado de una vieja tan vieja como la que yacía dormida tal placidamente en el sofá y mientras yo me llevaba el dedo a la boca en señal de silencio ella me miraba entre extrañada y horrorizada:
-¿Quién carajo es esa vieja?
-¿Cómo qué quién? es mi tía María.
-Oye pavazo, esa vieja no la conozco, ésta es tu tía (mientras zarandeaba del brazo a la verdadera María)
Me dijo esto mientras mi falsa tía pedía con su adormilada voz "menos bulla porque no dejan dormir" y yo entre rojo de la verguenza y conmovido por la impostora decidí despertarla y preguntarle quién era.
-Me llamo Angélica.
-¿Y qué hace acá?
-Usted debería responder eso, yo sólo pasaba por acá y me orinaba así que estaba tocando puertas a ver quien me prestaba el baño.
-La cagada.
-¿Cómo dice?
-No nada.
Sin más que hacer le pedí que se retire, ella se suso de pie, cogió los chocolates (o lo que quedaba de ellos) que traje para mi madre, se miró en el espejo y haciendo un gesto altivo se fue sin decirnos más, mientras mi madre me miraba furiosa y yo agachaba la cabeza avergonzado.
Fue entonces que cuando ya me dormía en la espera sentí que tocaban la puerta, me fijé por la mirilla y efectivamente ahí estaba ella: una viejita arrugadísima y llena de canas que miraba ansiosa la puerta y yo conmovido por esa mirada que me resultaba tan familiar abrí la puerta, le dí un beso y sin más preámbulos la hice pasar y le pregunté si deseaba algo.
-¿Puedo usar el baño?
-Claro, cómo no.
-Gracias.
-Adelante.
Cuando salió del baño le pregunté si deseaba servirse algo.
-No gracias.
-Pero no sea así, tómese algo, mire que el frío...
-Ya que insistes te acepto un anís.
-Enseguida se lo traigo.
Sin tardarme mucho le llevé una humeante taza de anís que ella tomó precipitadamente y sin quemarse. Ni bien la terminó me dijo si podía recostarse un rato porque se sentía un tanto cansada y yo conmovido por su fragilidad y conocedor del ancestral vinculo familiar que nos unía no dudé en decirle que si y hasta sentarme a su lado y contarle mi vida mientras ella cogía sueño, cosa que no tardó mucho en suceder porque apenas empezaba ella ya roncaba como un camión viejo.
En ese momento regresó mi madre acompañado de una vieja tan vieja como la que yacía dormida tal placidamente en el sofá y mientras yo me llevaba el dedo a la boca en señal de silencio ella me miraba entre extrañada y horrorizada:
-¿Quién carajo es esa vieja?
-¿Cómo qué quién? es mi tía María.
-Oye pavazo, esa vieja no la conozco, ésta es tu tía (mientras zarandeaba del brazo a la verdadera María)
Me dijo esto mientras mi falsa tía pedía con su adormilada voz "menos bulla porque no dejan dormir" y yo entre rojo de la verguenza y conmovido por la impostora decidí despertarla y preguntarle quién era.
-Me llamo Angélica.
-¿Y qué hace acá?
-Usted debería responder eso, yo sólo pasaba por acá y me orinaba así que estaba tocando puertas a ver quien me prestaba el baño.
-La cagada.
-¿Cómo dice?
-No nada.
Sin más que hacer le pedí que se retire, ella se suso de pie, cogió los chocolates (o lo que quedaba de ellos) que traje para mi madre, se miró en el espejo y haciendo un gesto altivo se fue sin decirnos más, mientras mi madre me miraba furiosa y yo agachaba la cabeza avergonzado.
jueves, 5 de febrero de 2009
LECTURAS PELIGROSAS
Tengo la costumbre de escuchar música a todo volumen en el reproductor y leer mientras viajo en bus. Siempre llevo un libro en mi fiel y trajinada mochila y hoy no tenía que ser diferente, así que apenas abordé uno, me senté, subí el volumen, saqué mi libro (DesayunoenTiffany's) y me puse a leer distraídamente, tan distraídamente que cuando alcé la mirada noté que ya hace varias calles había pasado mi paradero, entonces guardé apresuradamente el libro en la mochila y ni bien avancé sentí que ésta se atracó en algo, así que por el apuro tiré con fuerza de ella pero no logre zafarla, entonces voltee a ver qué diablos la tenía atrapada y lo que vi me dejó pasmado: en mi apuro al guardar el libro no noté que al cerrarla, el cierre de la mochila había atrapado el pelo (largo y rubio de farmacia) de la chica que estaba sentada delante de mí y era de ella (o de su cabello) de quien tiraba con fuerza y claro, no oí sus quejas por el alto volumen del reproductor.
Lo que hice entonces fue deshacerme en disculpas mientras trataba de correr el cierre para liberar su pelo. La gente estaba dividida en dos bandos: los burlones que apenas ahogaban su risa y los amargados que no cesaban de decir cosas cómo "irresponsable" o "deberían detenerlo" incluso. Apenas liberé su cabello bajé del micro como alma que lleva el diablo mientras analizaba las consecuencias que puede traer la lectura apasionada en un micro.
Lo que hice entonces fue deshacerme en disculpas mientras trataba de correr el cierre para liberar su pelo. La gente estaba dividida en dos bandos: los burlones que apenas ahogaban su risa y los amargados que no cesaban de decir cosas cómo "irresponsable" o "deberían detenerlo" incluso. Apenas liberé su cabello bajé del micro como alma que lleva el diablo mientras analizaba las consecuencias que puede traer la lectura apasionada en un micro.
jueves, 29 de enero de 2009
ALFILERES EN EL MICRO
Estoy viajando en la 23 desde el centro hacia San Borja cuando sube el enésimo vendedor de penas a convencernos con sus palabras y su arte para que le demos dinero. Éste es un tipo con cara de maleante venido a menos que saca unos alfileres y se los empieza a clavar en el cuerpo mientras nos cuenta que ése es un arte que aprendió en la cárcel. Cuando ya se ha clavado como 8 alfileres y se va incrustar otro en la nariz, de pronto (como es normal) el chofer pisa el freno en seco y todos nos vamos hacia delante, cuando hubo vuelto la calma (y nuestros estómagos a sus lugares) notamos algo que nos llena de asco y horror: al tipo se le ha clavado el alfiler en un ojo y ahora da alaridos quejumbrosos y se llena de sangre la cara mientras nadie atina hacer nada menos yo que trato de fingir que no he visto nada mientras vuelvo la vista sobre mi libro y mis oídos al reproductor pero los gritos del tipo son cada vez más fuertes y no puedo disimular más hasta que un tipo le dice al chofer que se detenga porque hay que auxiliar al pobre personaje pero el chofer no se detiene a pesar de que la protesta ya es generalizada y cuando me voy a sumar al coro de reclamos veo que mi paradero es el siguiente y levantando bien las piernas para no pisarlo (ni mancharme de sangre), aviso que voy a bajar y apenas pongo pies en tierra firme siento que me he sacado un gran peso de encima: por la confusión del accidente no me han cobrado el pasaje.
jueves, 22 de enero de 2009
DESALOJADO
Sandra ha decidido, a manera de expulsar demonios y malas vibras, remodelar su casa o sea que le cambien el piso, pinten y hagan algunas ampliaciones con sus correspondiente reducciones. Todo esto no debería preocuparme o extrañarme en lo más mínimo ya que estoy por demás acostumbrado a sus medidas radicales e impulsivas pero junto con esto decidió mudarse a mi casa (sin siquiera tener la delicadeza de preguntarme) hasta que la suya esté nuevamente habitable.
Los primeros días habían sido agradables, llegar a casa y encontrar alguien que te espera para acompañarte y encima con una comida digna de dioses es algo por demás deseable, pero con el transcurrir del tiempo nuestra relación amical se tornó francamente insostenible. Todo empezó un día que entré a lavarme los dientes y encontré el tubo de pasta dental destapado y, obviamente, la bendita tapita no estaba por ningún lado, cuando fui y le pregunte dónde estaba ella me respondió de lo mas fresca con su sonrisa de dientes recién cepillados "por ahí debe estar". Respuesta que me desesperó pero sacando cordura de donde no la hay opté por callar e ir a dormir.
Obviamente no pude dormir por la cólera y ella que había dormido toda la tarde y ahora estaba insomne puso música a todo volumen mientras chateaba y hablaba por teléfono (cómo diablos puede hablar por teléfono con esa bulla, es algo que nunca sabré). Así que hecho un demonio que no podía dormir me levanté y fui a pedirle por favor que dejara de hacer tanta bulla, claro que con la bulla que había no se dio por enterada. Entonces apagué su lap top y ella, frunciendo el ceño, me dijo:
-¿Qué te pasa?
-Que no puedo dormir.
-¿Y yo qué culpa tengo?
-Toda.
-No jodas, tú que estás más loco que el caballo del Quijote.
-No, la loca eres tú que a las cuatro de la madrugada sigue en una batahola de callejón.
-¿Y?
-¿Cómo que "Y"? deseo dormir y por lo tanto debes apagar todo esa bulla.
-Lo que pasa es que te estás volviendo viejo y aburrido.
Dijo esto y apagó todo. Sintiendo que había recobrado la autoridad sobre mis territorios, volví a mi cuarto, pero la sensación de victoria no me duró mucho, en verdad nada: ahora había encendido la televisión y veía a todo color (y todo volumen) a un chef preparando un exótico potaje que jamás nadie en su sano juicio comería. Como es de esperarse no pude dormir esa noche.
Ella, quizá notando su error, me preparó un exquisito desayuno y luego se fue dormir diciéndome esto:
-Ahora que te vas puedo dormir en paz, no sabes cómo me jode la bulla.
-Dímelo a mi carajo.
Me fui tirando la puerta. Cuando volví por la noche ella estaba fresca y energética, yo traía unas ojeras hasta el piso, entonces, motivado por el cansancio, decidí darme una ducha e irme a la cama sin más trámite. Me duché y cuando cogí mi toalla para sacarme, esta estaba ¡mojada! y si hay algo que odio en esta pútrida vida es justamente eso: encontrar mi toalla mojada, ni siquiera húmeda, no lo soporto. Cuando le reclamé, totalmente calato, por qué diablos mi toalla estaba así, me dijo que no encontró nada para secarse el cabello y usó mi toalla. Entonces no soporté más y le dije que si no se corregía, mañana mismo agarraba sus cosas y se iba a un hotel o a casa de alguna amiga. Ella me miró con ojos al borde del llanto y diciéndome "no jodas" me dio la espalda y se fue (a tirar a la basura la cena que me había preparado).
Me metí a mi cama y justo cuando sentía que encontraba el tan anhelado sueño ella entró, sin tocar ni avisar:
-Discúlpame.
-No se trata de eso, se trata de que corrijas tus hábitos, ésta no es tu casa.
-Lo sé, sólo quiero que me disculpes.
-Es que no pasa por eso.
-¿Me vas a disculpar o no?
-Bueno ya, te disculpo.
-¿Puedo dormir contigo?
-Sólo si prometes no hablar ni dormida.
-Ok.
De un salto elástico (y mal calculado) se metió a mi cama y golpeó mis más intimas partes, lo que me hizo dar un aullido cual fiera herida (y muy posiblemente estéril para el resto de su vida) entonces ella no sabiendo si acariciar, soplar o qué diablos hacer con la parte afectada me miró nerviosa y burlona, a mí -que las lágrimas se me salían- no me quedaban fuerzas siquiera para recriminarla. Me voltée y no sé si me quedé dormido del cansancio o desmayado por el dolor. Cuando me desperté a media madrugada sentí adormecido medio cuerpo y pensé que el golpe había sido más fuerte de lo que pensaba pero al instante descubrí el motivo: se había quedado dormida sobre mí y encima babeado media cara. La desperté –intenté hacerlo en verdad- y ella dio manazos al aire como peleando con un invisible rival, luego gritó y me tiró una bofetada y siguió dormida de lo más plácida y de lo más adormecedora encima mío.
Al día siguiente me levante, cansado y hemipléjico. Ella lo hizo feliz y me pidió dormir juntos todas las noches:
-Debería mudarme contigo.
-¿Estás loca?
-No, pero contigo he dormido como no dormía en años.
-Una noche más que duerma contigo y quedo totalmente paralizado.
-Exagerado.
-Asesina.
Esa noche cuando volví del trabajo la encontré dormida en mi cama justo de una manera en que no me permitía echarme, así que resignado guardé un poco de ropa y unos utensilios de aseo personal en una maleta y fui a casa de mi madre que sorprendida de verme llegar (y en ese ruinoso estado) me preguntó si me ha sucedido algo.
-Nada, sólo que estoy refaccionando mi casa y está en un desorden total.
-¿Te vas a quedar a dormir acá?
-¿Puedo?
-Claro.
-Gracias, madre no hay dos.
Duermo y toda la noche sueño con la vil manera que he sido desalojado de mi casa.
Los primeros días habían sido agradables, llegar a casa y encontrar alguien que te espera para acompañarte y encima con una comida digna de dioses es algo por demás deseable, pero con el transcurrir del tiempo nuestra relación amical se tornó francamente insostenible. Todo empezó un día que entré a lavarme los dientes y encontré el tubo de pasta dental destapado y, obviamente, la bendita tapita no estaba por ningún lado, cuando fui y le pregunte dónde estaba ella me respondió de lo mas fresca con su sonrisa de dientes recién cepillados "por ahí debe estar". Respuesta que me desesperó pero sacando cordura de donde no la hay opté por callar e ir a dormir.
Obviamente no pude dormir por la cólera y ella que había dormido toda la tarde y ahora estaba insomne puso música a todo volumen mientras chateaba y hablaba por teléfono (cómo diablos puede hablar por teléfono con esa bulla, es algo que nunca sabré). Así que hecho un demonio que no podía dormir me levanté y fui a pedirle por favor que dejara de hacer tanta bulla, claro que con la bulla que había no se dio por enterada. Entonces apagué su lap top y ella, frunciendo el ceño, me dijo:
-¿Qué te pasa?
-Que no puedo dormir.
-¿Y yo qué culpa tengo?
-Toda.
-No jodas, tú que estás más loco que el caballo del Quijote.
-No, la loca eres tú que a las cuatro de la madrugada sigue en una batahola de callejón.
-¿Y?
-¿Cómo que "Y"? deseo dormir y por lo tanto debes apagar todo esa bulla.
-Lo que pasa es que te estás volviendo viejo y aburrido.
Dijo esto y apagó todo. Sintiendo que había recobrado la autoridad sobre mis territorios, volví a mi cuarto, pero la sensación de victoria no me duró mucho, en verdad nada: ahora había encendido la televisión y veía a todo color (y todo volumen) a un chef preparando un exótico potaje que jamás nadie en su sano juicio comería. Como es de esperarse no pude dormir esa noche.
Ella, quizá notando su error, me preparó un exquisito desayuno y luego se fue dormir diciéndome esto:
-Ahora que te vas puedo dormir en paz, no sabes cómo me jode la bulla.
-Dímelo a mi carajo.
Me fui tirando la puerta. Cuando volví por la noche ella estaba fresca y energética, yo traía unas ojeras hasta el piso, entonces, motivado por el cansancio, decidí darme una ducha e irme a la cama sin más trámite. Me duché y cuando cogí mi toalla para sacarme, esta estaba ¡mojada! y si hay algo que odio en esta pútrida vida es justamente eso: encontrar mi toalla mojada, ni siquiera húmeda, no lo soporto. Cuando le reclamé, totalmente calato, por qué diablos mi toalla estaba así, me dijo que no encontró nada para secarse el cabello y usó mi toalla. Entonces no soporté más y le dije que si no se corregía, mañana mismo agarraba sus cosas y se iba a un hotel o a casa de alguna amiga. Ella me miró con ojos al borde del llanto y diciéndome "no jodas" me dio la espalda y se fue (a tirar a la basura la cena que me había preparado).
Me metí a mi cama y justo cuando sentía que encontraba el tan anhelado sueño ella entró, sin tocar ni avisar:
-Discúlpame.
-No se trata de eso, se trata de que corrijas tus hábitos, ésta no es tu casa.
-Lo sé, sólo quiero que me disculpes.
-Es que no pasa por eso.
-¿Me vas a disculpar o no?
-Bueno ya, te disculpo.
-¿Puedo dormir contigo?
-Sólo si prometes no hablar ni dormida.
-Ok.
De un salto elástico (y mal calculado) se metió a mi cama y golpeó mis más intimas partes, lo que me hizo dar un aullido cual fiera herida (y muy posiblemente estéril para el resto de su vida) entonces ella no sabiendo si acariciar, soplar o qué diablos hacer con la parte afectada me miró nerviosa y burlona, a mí -que las lágrimas se me salían- no me quedaban fuerzas siquiera para recriminarla. Me voltée y no sé si me quedé dormido del cansancio o desmayado por el dolor. Cuando me desperté a media madrugada sentí adormecido medio cuerpo y pensé que el golpe había sido más fuerte de lo que pensaba pero al instante descubrí el motivo: se había quedado dormida sobre mí y encima babeado media cara. La desperté –intenté hacerlo en verdad- y ella dio manazos al aire como peleando con un invisible rival, luego gritó y me tiró una bofetada y siguió dormida de lo más plácida y de lo más adormecedora encima mío.
Al día siguiente me levante, cansado y hemipléjico. Ella lo hizo feliz y me pidió dormir juntos todas las noches:
-Debería mudarme contigo.
-¿Estás loca?
-No, pero contigo he dormido como no dormía en años.
-Una noche más que duerma contigo y quedo totalmente paralizado.
-Exagerado.
-Asesina.
Esa noche cuando volví del trabajo la encontré dormida en mi cama justo de una manera en que no me permitía echarme, así que resignado guardé un poco de ropa y unos utensilios de aseo personal en una maleta y fui a casa de mi madre que sorprendida de verme llegar (y en ese ruinoso estado) me preguntó si me ha sucedido algo.
-Nada, sólo que estoy refaccionando mi casa y está en un desorden total.
-¿Te vas a quedar a dormir acá?
-¿Puedo?
-Claro.
-Gracias, madre no hay dos.
Duermo y toda la noche sueño con la vil manera que he sido desalojado de mi casa.
jueves, 15 de enero de 2009
VAMPIRA
La madre de un amigo ha sufrido un accidente grave y está internada, él me ha pedido que por favor done sangre, que ya no tiene dinero para seguir comprándola, me ha citado en el Hospital Loayza. Si los hospitales ya son de por si lugares deprimentes, éste le gana a todos: sus paredes grises, sus jardines malformes, su destartalado mobiliario y su antiquísimo instrumental lo hacen desear a uno saltearse ese paso y pasar de frente a la morgue. Cuando me encuentro con mi amigo se deshace en agradecimientos, eso me abruma, ya que la verdad si estoy ahí no es porque mi espíritu solidario me haya ganado (es más, carezco totalmente de uno), por el contrario, yo no quería ir pero la verdad es que no encontré manera de negarme ante el trance que afrontaba.
Luego de los saludos me lleva hacia el lugar donde hay que dar la sangre, me entrega una bolsa de papel que lleva dentro otra bolsa y unas cánulas. Hago una fila, cuando llego ante la encargada, ésta me entrega un formulario que debo llenar previamente. Lo leo y hay una pregunta absurda: si soy homosexual. Decido no responder y se lo entrego con esa respuesta en blanco, cuando lo lee me pregunta por qué no respondí, le digo que me parece una pregunta trasnochada, qué cómo pueden partir de la premisa que por el hecho de ser homosexual se es más promiscuo que un heterosexual, Me mira como diciendo "seguro eres cabro", me dice que si no respondo esa pregunta no puedo donar, luego de refunfuñar termino por responderla. Pongo que no lo soy, pero por dentro pienso que viendo mujeres como ella, ganas de volverme cabro no me faltan.
Luego de hacer otra fila, llego ante un tipo bajo, cetrino, de mirada huidiza, que me pide mi DNI, luego toma mi mano y pasa un algodón con alcohol sobre mi dedo medio, antes que le pregunte qué va hacer ya me pinchó el dedo y me está sacando sangre, sin decirme nada más me pide que espere un rato. Salgo y me pongo a esperar no sé qué. Luego de cinco minutos él mismo tipo me llama y dice que estoy "apto", que espere mi turno. Me pongo (una vez más) a esperar, pero como el lugar está atestado de donantes, algunos con la mirada asustada, otros que se hacen bromas entre ellos para darse valor, me siento abochornado y decido salir a esperar fuera del laboratorio.
Afuera ya es de tarde y el frío se siente con fuerza, sólo hay una banca vieja sobre la que una persona, vestida con un pantalón azul, una chompa verde y una bufanda roja que le cubre la cara, está tan encorvada y tapada que no llego a distinguir si es hombre o mujer. Me siento a su lado procurando no hacer bulla, de rato en rato volteo a mirarla, en una de esas me parece notar que no respira. Pienso que quizá se haya muerto de esperar, así que decido acercarme a escuchar si respira o no, cuando estoy cerca, siento una voz carrasposa:
-¿Me quieres robar?
Por la voz noto que es mujer, no sé cómo disculparme.
-No, sólo es que...
-Pensaste que estaba muerta y te asustaste.
-Sí, esa es la verdad.
-No te preocupes, no eres el primero, además algún día alguien tendrá razón y de verdad me encontraran muerta acá.
Sólo atino a sonreír mientras ella empieza estirarse, se retira la bufanda y el cabello que le cubre la cara y deja ver sus impresionantes ojeras y un aura negra que parece darle un maquillaje de película de terror a su rostro. Se pone de pie y estira las piernas, se despereza y me vuelve a mirar:
-¿Vienes a donar?
-Si, para un amigo.
-Ah, pensé que eras la competencia.
-¿De qué?
-No te me hagas el mocho ahora.
-En serio, no sé de qué me hablas.
-Yo soy una vampira.
Dice esto y mueve sus largas uñas como imitando a los vampiros de las películas. Caigo en cuenta que es una de esas personas que se dedican a vender su sangre en los hospitales. Mientras pienso qué decirle, escucho que me llaman, es mi turno. Entro, sin mucho trámite me piden que me acueste sobre la camilla, una enfermera (¿o doctora?) toma mi brazo, me pregunta:
-¿Es tu primera vez?
-Si.
-Entonces procuraré no ser muy ruda.
-En verdad me gustaría que lo sea.
-¿Eres masoquista?
-Sólo cuando estoy en los hospitales, me dan un no sé qué.
Estira mi brazo, pasa un algodon sobre una vena que se nota claramente.
-Que rica vena tienes.
-Lo mismo le dirá a todos.
Siento la punción, volteo y veo mi sangre que llena rápidamente una bolsa mientras una máquina zumba a mi lado, cuando miro hacia la otra camilla puedo ver a la chica con la que hablé afuera, ella mi mira y vuelve hacer un gesto vampiresco, esta vez con los dientes, yo sólo sonrío, me parece muy graciosa. Cuando termina de llenarse la bolsa me sacan la aguja y me piden que repose un rato. A los cinco minutos me dicen que ya puedo retirarme, ella también se para, mientras espero que me devuelvan mi DNI no puedo evitar mirarla: luce aún más desfalleciente y pálida que cuando la vi afuera, pareciera que si entrara una corriente de aire, ésta la mataría.
Al salir me pide un cigarro, le digo que en el hospital no podemos fumar, me mira como diciendo que soy un idiota, me toma de la mano y me lleva hacia la parte trasera. Hay unas ambulancias viejas, computadoras obsoletas y todo luce oxidado, es algo así como el depósito de los cachivaches del hospital. Le doy un cigarro, se lo enciendo, hago lo mismo con el mío, la miro nuevamente:
-No te preocupes que no me voy a morir.
-Parece.
-Tú pareces muy inocente con esa carita de mosca muerta que te manejas y no te lo creo.
-¿Cada qué tiempo lo haces?
-Cada tres semanas más o menos.
-¿No debería ser cada tres meses?
-Si, pero que voy hacer pues, de esto vivo.
Se terminan los cigarros, hay un silencio incomodo, no sabemos que decir, la verdad es que yo aún quiero hablar con ella.
-¿Vamos a tomar algo para el frío?
Se lo he propuesto casi sin pensar.
-Ya te estabas tardando.
Salimos del hospital, en la calle nos recibe una manada de taxistas, ambulantes, jaladores, putas y demás especimenes. Damos la vuelta y llegamos a un Café, nos sentamos y ella sugiere que pidamos unos jugos especiales.
-Para recuperar fuerzas.
-Que así sea.
Pedimos dos jugos especiales y unos sánguches triples. Ella acomoda su cabello largo y negro, hace un gesto y deja traslucir una belleza especial a pesar de su aspecto moribundo, es como una belleza indómita, rebelde, que se resiste a desaparecer de ese rostro a pesar de tanto jaleo.
-¿Cómo te llamas?
-Llámame Mara.
-Ok Mara.
Espero que pregunte mi nombre, pero no lo hace.
-¿Tienes mucho tiempo en esto de la sangre?
-Casi un año, una vez me pidieron por favor, de ahí me enteré que pagaban y como no consigo trabajo pues con ésto me recurseo mientras tanto.
-¿Mientras tanto?
-Si, voy a donar una vez más y de ahí paro la mano, me recupero y vendo un riñón, ya hasta comprador tengo, con esa plata me voy a Italia a trabajar allá.
-Que buen plan.
-Sí, ya estoy harta de esta vida, me estoy volviendo loca.
-¿Por qué?
-Mira, por ejemplo la vez pasada estaba cortando el pan y se me fue el cuchillo y me corté la mano, me salió un chorro enorme de sangre y en lugar de preocuparme en parar la hemorragia por mi salud, pensaba en cuánto dinero estaba perdiendo ahí, no vi mi sangre como algo que me da vida, si no como dinero, te juro que me sentí mal y así que ahí decidí parar lo más pronto posible.
La miro sin decirle nada, su historia me tiene alelado.
-Parezco loca ¿no?
-Un poco.
-Y eso te arrecha seguro.
-¿Por qué afirmas eso?
-Porque los hombres se arrechan de cualquier huevada.
-Me acojo a la quinta enmienda.
-¿Cuál es esa?
-La que me permite guardar silencio ante las preguntas.
Se ríe de buena gana, vuelve a acomodar su cabello, vuelve a asomar su belleza tan pálida, parece una princesa desastrada pero a la vez bella y envolvente, seductora sin proponérselo.
-¿Tienes teléfono?
-¿Ahora me quieres afanar?
-Si me dejas.
-Lamento decirte que no tengo, además no me busques, yo te encuentro, ya sabes que los vampiros tenemos un don especial.
-Entonces todas las noches sangraré un poco esperando que vengas por mi sangre.
-No me tientes.
-Esa es la idea, tentarte.
-Entonces esfuérzate más.
En eso llega el mesero, entrega la cuenta.
-Yo pago.
-Claro, yo no iba pagar, para eso dios te hizo hombre, para pagar las cuentas.
Cancelo, le digo que voy al baño. Cuando vuelvo ya no está, sobre la mesa hay una nota escrita en una servilleta: "Gracias, me voy a mi castillo, yo te busco Jaime, una mordida. Mara". Sabía mi nombre, eso me emociona un poco, salgo del Café, tomo un taxi, vuelvo a ver la servilleta, curiosamente está escrita con tinta roja. Suena mi celular, es mi amigo, maldigo, recuerdo que salí sin despedirme, mi dedo sangra, la ciudad también.
Luego de los saludos me lleva hacia el lugar donde hay que dar la sangre, me entrega una bolsa de papel que lleva dentro otra bolsa y unas cánulas. Hago una fila, cuando llego ante la encargada, ésta me entrega un formulario que debo llenar previamente. Lo leo y hay una pregunta absurda: si soy homosexual. Decido no responder y se lo entrego con esa respuesta en blanco, cuando lo lee me pregunta por qué no respondí, le digo que me parece una pregunta trasnochada, qué cómo pueden partir de la premisa que por el hecho de ser homosexual se es más promiscuo que un heterosexual, Me mira como diciendo "seguro eres cabro", me dice que si no respondo esa pregunta no puedo donar, luego de refunfuñar termino por responderla. Pongo que no lo soy, pero por dentro pienso que viendo mujeres como ella, ganas de volverme cabro no me faltan.
Luego de hacer otra fila, llego ante un tipo bajo, cetrino, de mirada huidiza, que me pide mi DNI, luego toma mi mano y pasa un algodón con alcohol sobre mi dedo medio, antes que le pregunte qué va hacer ya me pinchó el dedo y me está sacando sangre, sin decirme nada más me pide que espere un rato. Salgo y me pongo a esperar no sé qué. Luego de cinco minutos él mismo tipo me llama y dice que estoy "apto", que espere mi turno. Me pongo (una vez más) a esperar, pero como el lugar está atestado de donantes, algunos con la mirada asustada, otros que se hacen bromas entre ellos para darse valor, me siento abochornado y decido salir a esperar fuera del laboratorio.
Afuera ya es de tarde y el frío se siente con fuerza, sólo hay una banca vieja sobre la que una persona, vestida con un pantalón azul, una chompa verde y una bufanda roja que le cubre la cara, está tan encorvada y tapada que no llego a distinguir si es hombre o mujer. Me siento a su lado procurando no hacer bulla, de rato en rato volteo a mirarla, en una de esas me parece notar que no respira. Pienso que quizá se haya muerto de esperar, así que decido acercarme a escuchar si respira o no, cuando estoy cerca, siento una voz carrasposa:
-¿Me quieres robar?
Por la voz noto que es mujer, no sé cómo disculparme.
-No, sólo es que...
-Pensaste que estaba muerta y te asustaste.
-Sí, esa es la verdad.
-No te preocupes, no eres el primero, además algún día alguien tendrá razón y de verdad me encontraran muerta acá.
Sólo atino a sonreír mientras ella empieza estirarse, se retira la bufanda y el cabello que le cubre la cara y deja ver sus impresionantes ojeras y un aura negra que parece darle un maquillaje de película de terror a su rostro. Se pone de pie y estira las piernas, se despereza y me vuelve a mirar:
-¿Vienes a donar?
-Si, para un amigo.
-Ah, pensé que eras la competencia.
-¿De qué?
-No te me hagas el mocho ahora.
-En serio, no sé de qué me hablas.
-Yo soy una vampira.
Dice esto y mueve sus largas uñas como imitando a los vampiros de las películas. Caigo en cuenta que es una de esas personas que se dedican a vender su sangre en los hospitales. Mientras pienso qué decirle, escucho que me llaman, es mi turno. Entro, sin mucho trámite me piden que me acueste sobre la camilla, una enfermera (¿o doctora?) toma mi brazo, me pregunta:
-¿Es tu primera vez?
-Si.
-Entonces procuraré no ser muy ruda.
-En verdad me gustaría que lo sea.
-¿Eres masoquista?
-Sólo cuando estoy en los hospitales, me dan un no sé qué.
Estira mi brazo, pasa un algodon sobre una vena que se nota claramente.
-Que rica vena tienes.
-Lo mismo le dirá a todos.
Siento la punción, volteo y veo mi sangre que llena rápidamente una bolsa mientras una máquina zumba a mi lado, cuando miro hacia la otra camilla puedo ver a la chica con la que hablé afuera, ella mi mira y vuelve hacer un gesto vampiresco, esta vez con los dientes, yo sólo sonrío, me parece muy graciosa. Cuando termina de llenarse la bolsa me sacan la aguja y me piden que repose un rato. A los cinco minutos me dicen que ya puedo retirarme, ella también se para, mientras espero que me devuelvan mi DNI no puedo evitar mirarla: luce aún más desfalleciente y pálida que cuando la vi afuera, pareciera que si entrara una corriente de aire, ésta la mataría.
Al salir me pide un cigarro, le digo que en el hospital no podemos fumar, me mira como diciendo que soy un idiota, me toma de la mano y me lleva hacia la parte trasera. Hay unas ambulancias viejas, computadoras obsoletas y todo luce oxidado, es algo así como el depósito de los cachivaches del hospital. Le doy un cigarro, se lo enciendo, hago lo mismo con el mío, la miro nuevamente:
-No te preocupes que no me voy a morir.
-Parece.
-Tú pareces muy inocente con esa carita de mosca muerta que te manejas y no te lo creo.
-¿Cada qué tiempo lo haces?
-Cada tres semanas más o menos.
-¿No debería ser cada tres meses?
-Si, pero que voy hacer pues, de esto vivo.
Se terminan los cigarros, hay un silencio incomodo, no sabemos que decir, la verdad es que yo aún quiero hablar con ella.
-¿Vamos a tomar algo para el frío?
Se lo he propuesto casi sin pensar.
-Ya te estabas tardando.
Salimos del hospital, en la calle nos recibe una manada de taxistas, ambulantes, jaladores, putas y demás especimenes. Damos la vuelta y llegamos a un Café, nos sentamos y ella sugiere que pidamos unos jugos especiales.
-Para recuperar fuerzas.
-Que así sea.
Pedimos dos jugos especiales y unos sánguches triples. Ella acomoda su cabello largo y negro, hace un gesto y deja traslucir una belleza especial a pesar de su aspecto moribundo, es como una belleza indómita, rebelde, que se resiste a desaparecer de ese rostro a pesar de tanto jaleo.
-¿Cómo te llamas?
-Llámame Mara.
-Ok Mara.
Espero que pregunte mi nombre, pero no lo hace.
-¿Tienes mucho tiempo en esto de la sangre?
-Casi un año, una vez me pidieron por favor, de ahí me enteré que pagaban y como no consigo trabajo pues con ésto me recurseo mientras tanto.
-¿Mientras tanto?
-Si, voy a donar una vez más y de ahí paro la mano, me recupero y vendo un riñón, ya hasta comprador tengo, con esa plata me voy a Italia a trabajar allá.
-Que buen plan.
-Sí, ya estoy harta de esta vida, me estoy volviendo loca.
-¿Por qué?
-Mira, por ejemplo la vez pasada estaba cortando el pan y se me fue el cuchillo y me corté la mano, me salió un chorro enorme de sangre y en lugar de preocuparme en parar la hemorragia por mi salud, pensaba en cuánto dinero estaba perdiendo ahí, no vi mi sangre como algo que me da vida, si no como dinero, te juro que me sentí mal y así que ahí decidí parar lo más pronto posible.
La miro sin decirle nada, su historia me tiene alelado.
-Parezco loca ¿no?
-Un poco.
-Y eso te arrecha seguro.
-¿Por qué afirmas eso?
-Porque los hombres se arrechan de cualquier huevada.
-Me acojo a la quinta enmienda.
-¿Cuál es esa?
-La que me permite guardar silencio ante las preguntas.
Se ríe de buena gana, vuelve a acomodar su cabello, vuelve a asomar su belleza tan pálida, parece una princesa desastrada pero a la vez bella y envolvente, seductora sin proponérselo.
-¿Tienes teléfono?
-¿Ahora me quieres afanar?
-Si me dejas.
-Lamento decirte que no tengo, además no me busques, yo te encuentro, ya sabes que los vampiros tenemos un don especial.
-Entonces todas las noches sangraré un poco esperando que vengas por mi sangre.
-No me tientes.
-Esa es la idea, tentarte.
-Entonces esfuérzate más.
En eso llega el mesero, entrega la cuenta.
-Yo pago.
-Claro, yo no iba pagar, para eso dios te hizo hombre, para pagar las cuentas.
Cancelo, le digo que voy al baño. Cuando vuelvo ya no está, sobre la mesa hay una nota escrita en una servilleta: "Gracias, me voy a mi castillo, yo te busco Jaime, una mordida. Mara". Sabía mi nombre, eso me emociona un poco, salgo del Café, tomo un taxi, vuelvo a ver la servilleta, curiosamente está escrita con tinta roja. Suena mi celular, es mi amigo, maldigo, recuerdo que salí sin despedirme, mi dedo sangra, la ciudad también.
jueves, 8 de enero de 2009
DETENIDO
-Te buscan.
-¿Quién?
-Ricardo.
-¿Qué quiere?
-Que lo ayudes hacer un trabajo.
-Dile que ahí voy.
Mi tío me acaba de pasar la voz de un amigo que me busca, así que me alisto para salir. Cuando estoy alcanzando la puerta de la quinta donde vivo veo que entra un tipo corriendo con un revolver en la mano lo cual me detiene y me deja pensando en qué debo hacer pero en ese momento siento un golpe en la espalda que me tumba al piso. Cuando levanto la mirada lo primero que encuentro es el cañón de un fusil apuntándome directo a la cara y un tipo que me amenaza.
-No voltees porque te mato conchatumadre.
-¿Qué pasa?
-Tampoco hables carajo.
Ahora siento que alguien cae a mi lado, al voltear veo que es mi amigo Ricardo que me pide calma, que no pasa nada. Mientras él me habla el tipo que me apuntaba me ha sacado los pasadores de las zapatillas y me ha amarrado de manos y pies. De manera brusca me pone de pie y hace caminar a empujones a pesar que no lo puedo hacer bien por estar atado. Al llegar a la calle veo una camioneta estacionada y me dicen que suba, yo les digo que no puedo, entonces uno de ellos me toma por la cintura y el cabello, me levanta y tira de cara dentro de la tolva de la camioneta y a mí lado cae (una vez más) mi amigo.
Ni bien avanza la camioneta alzo la cabeza para que alguien de la calle que me conoce me vea y le avise a mi familia lo sucedido pero inmediatamente me pisan la cabeza y me advierten que no me mueva ni haga nada. Cuando han transcurrido unos cinco minutos escucho que hablan por una radio y aunque la estática me impide oír claramente lo que dicen al menos logro entender algo detrás de esas metálicas voces:
-Ya los tenemos capitán.
-¿Todo bien?
-Perfecto.
Entonces decido preguntar dónde vamos.
-Te vamos a llevar a la playa a matarte conchatumadre.
Esa amenaza me paraliza de miedo (todo esto me ha sucede en Barrios Altos, donde dos años antes un comando paramilitar asesinó cruelmente a unos individuos en una fiesta) entonces sólo agacho la cabeza y me resigno –increíblemente- a morir lleno de balas en una alejada playa limeña. Pero no es así, de pronto el carro se detiene y me bajan en medio de la calle y me obligan a caminar hacia un edificio que no tardo en reconocer como un local policial que sale en las noticias algunas veces. Mientras camino amarrado y cogido del cogote por un policía escucho los murmullos (idiotas) de la gente a mi alrededor. Que pena, tan joven y robando, tan blanquito y es un delincuente, qué habrán hecho, ojalá se pudran en la cárcel. Yo sólo pienso en llamar a mis padres y pedirles me rescaten.
Apenas doy unos pasos dentro del edificio y veo un policía sentado detrás de una máquina de escribir, entonces me libro del tipo que me tiene tomado y voy hacia él, le digo que me ayude.
-¿Qué te pasa?
-No sé por qué me han traído acá.
-Algo habrás hecho.
-Yo sólo salía de mi casa y estos tipos me detuvieron, apenas tengo dieciocho años (le muestro mi recién estrenada libreta electoral)
El tipo parece intuir cierto error y se alarma. Se pone de píe y habla con los que me han traído pero ellos se ríen y no le prestan mucha atención y me llevan a una sala enorme, llena de policías sentados leyendo o dormitando, a ninguno parece llamarle la atención nuestra presencia. Ahora entran dos tipos enmarrocados a los cuales reconozco como unos delincuentes que viven en el mismo barrio que yo y uno de los policías me dice que ya nos jodimos, que ya cayó toda la banda. Entonces me doy cuenta que han caído en un error: me han detenido por equivocación y aunque trato de explicárselo no me hacen caso.
Sentado en un rincón junto a mi amigo han trascurrido unos quince minutos cuando de pronto unos gritos de dolor nos alarman y asustan. Entonces entra un policía y me jala a la fuerza hacía unas cortinas enormes, al pasar éstas me doy a cara con una escena digna de una pela de polis malos: uno de los tipos que reconocí hace un rato yace colgado de unas sogas que lo suben y bajan hasta hundirlo en el fondo de un barril lleno de agua. El policía me dice que es mi turno y yo ya quiero llorar. Le explico nuevamente que es un error y al ver el terror en mi rostro parece pensar (cosa imposible en un policía, aún no encuentro uno que piense) que se equivocaron, así que me saca de ahí y pide le explique bien. Eso hago y le digo que mi papá es periodista y trabaja en un diario muy importante. Al oír ese detalle el tipo palidece y me desamarra, me lleva hasta un teléfono para que pueda hacer una llamada, la misma que hago a mis padres que no se han enterado de nada aún.
Luego de la llamada me han llevado a otra sala donde me invitan gaseosa y galletas mientras se deshacen en disculpas. Al rato llega mi padre secundado de un grupo de abogados que amenazan con mil demandas mientras un oficial le pide hablar en privado. Luego de cinco minutos regresan ambos y el oficial me pide disculpas y me dice que los policías serán sancionados por sus errores y si hay algo más que pueda hacer por mí, entonces me pregunto si es que aparte de asustarme y joderme, han hecho algo por mí. Le digo que no, que sólo quiero irme. Se vuelve a disculpar y me pregunta si mi amigo se va quedar, le digo que no y me lo llevo abrazado, él sólo sonríe y me dice que ya pasó todo.
-¿Quién?
-Ricardo.
-¿Qué quiere?
-Que lo ayudes hacer un trabajo.
-Dile que ahí voy.
Mi tío me acaba de pasar la voz de un amigo que me busca, así que me alisto para salir. Cuando estoy alcanzando la puerta de la quinta donde vivo veo que entra un tipo corriendo con un revolver en la mano lo cual me detiene y me deja pensando en qué debo hacer pero en ese momento siento un golpe en la espalda que me tumba al piso. Cuando levanto la mirada lo primero que encuentro es el cañón de un fusil apuntándome directo a la cara y un tipo que me amenaza.
-No voltees porque te mato conchatumadre.
-¿Qué pasa?
-Tampoco hables carajo.
Ahora siento que alguien cae a mi lado, al voltear veo que es mi amigo Ricardo que me pide calma, que no pasa nada. Mientras él me habla el tipo que me apuntaba me ha sacado los pasadores de las zapatillas y me ha amarrado de manos y pies. De manera brusca me pone de pie y hace caminar a empujones a pesar que no lo puedo hacer bien por estar atado. Al llegar a la calle veo una camioneta estacionada y me dicen que suba, yo les digo que no puedo, entonces uno de ellos me toma por la cintura y el cabello, me levanta y tira de cara dentro de la tolva de la camioneta y a mí lado cae (una vez más) mi amigo.
Ni bien avanza la camioneta alzo la cabeza para que alguien de la calle que me conoce me vea y le avise a mi familia lo sucedido pero inmediatamente me pisan la cabeza y me advierten que no me mueva ni haga nada. Cuando han transcurrido unos cinco minutos escucho que hablan por una radio y aunque la estática me impide oír claramente lo que dicen al menos logro entender algo detrás de esas metálicas voces:
-Ya los tenemos capitán.
-¿Todo bien?
-Perfecto.
Entonces decido preguntar dónde vamos.
-Te vamos a llevar a la playa a matarte conchatumadre.
Esa amenaza me paraliza de miedo (todo esto me ha sucede en Barrios Altos, donde dos años antes un comando paramilitar asesinó cruelmente a unos individuos en una fiesta) entonces sólo agacho la cabeza y me resigno –increíblemente- a morir lleno de balas en una alejada playa limeña. Pero no es así, de pronto el carro se detiene y me bajan en medio de la calle y me obligan a caminar hacia un edificio que no tardo en reconocer como un local policial que sale en las noticias algunas veces. Mientras camino amarrado y cogido del cogote por un policía escucho los murmullos (idiotas) de la gente a mi alrededor. Que pena, tan joven y robando, tan blanquito y es un delincuente, qué habrán hecho, ojalá se pudran en la cárcel. Yo sólo pienso en llamar a mis padres y pedirles me rescaten.
Apenas doy unos pasos dentro del edificio y veo un policía sentado detrás de una máquina de escribir, entonces me libro del tipo que me tiene tomado y voy hacia él, le digo que me ayude.
-¿Qué te pasa?
-No sé por qué me han traído acá.
-Algo habrás hecho.
-Yo sólo salía de mi casa y estos tipos me detuvieron, apenas tengo dieciocho años (le muestro mi recién estrenada libreta electoral)
El tipo parece intuir cierto error y se alarma. Se pone de píe y habla con los que me han traído pero ellos se ríen y no le prestan mucha atención y me llevan a una sala enorme, llena de policías sentados leyendo o dormitando, a ninguno parece llamarle la atención nuestra presencia. Ahora entran dos tipos enmarrocados a los cuales reconozco como unos delincuentes que viven en el mismo barrio que yo y uno de los policías me dice que ya nos jodimos, que ya cayó toda la banda. Entonces me doy cuenta que han caído en un error: me han detenido por equivocación y aunque trato de explicárselo no me hacen caso.
Sentado en un rincón junto a mi amigo han trascurrido unos quince minutos cuando de pronto unos gritos de dolor nos alarman y asustan. Entonces entra un policía y me jala a la fuerza hacía unas cortinas enormes, al pasar éstas me doy a cara con una escena digna de una pela de polis malos: uno de los tipos que reconocí hace un rato yace colgado de unas sogas que lo suben y bajan hasta hundirlo en el fondo de un barril lleno de agua. El policía me dice que es mi turno y yo ya quiero llorar. Le explico nuevamente que es un error y al ver el terror en mi rostro parece pensar (cosa imposible en un policía, aún no encuentro uno que piense) que se equivocaron, así que me saca de ahí y pide le explique bien. Eso hago y le digo que mi papá es periodista y trabaja en un diario muy importante. Al oír ese detalle el tipo palidece y me desamarra, me lleva hasta un teléfono para que pueda hacer una llamada, la misma que hago a mis padres que no se han enterado de nada aún.
Luego de la llamada me han llevado a otra sala donde me invitan gaseosa y galletas mientras se deshacen en disculpas. Al rato llega mi padre secundado de un grupo de abogados que amenazan con mil demandas mientras un oficial le pide hablar en privado. Luego de cinco minutos regresan ambos y el oficial me pide disculpas y me dice que los policías serán sancionados por sus errores y si hay algo más que pueda hacer por mí, entonces me pregunto si es que aparte de asustarme y joderme, han hecho algo por mí. Le digo que no, que sólo quiero irme. Se vuelve a disculpar y me pregunta si mi amigo se va quedar, le digo que no y me lo llevo abrazado, él sólo sonríe y me dice que ya pasó todo.
jueves, 1 de enero de 2009
DESTRUCCION
Son las siete de la mañana, los sonidos de combas, picos y lampas me han despertado (valga la redundancia) de golpe. No sé qué diablos pasa, de pronto parece que están construyendo un edificio en medio de mi sala, así que alarmado salgo a ver qué pasa, pero mi sala está intacta, ni un rasguño. Cuando caigo en cuenta que los golpes son en casa de mi vecina, decido ir a quejarme por semejante agresión a mi preciado sueño. Toco su puerta y ella alarmada por mi calamitoso estado (mis ojos rojos por falta de sueño hacen perfecto juego con mi torva y feroz mirada, además que sólo traigo puesto una sandalia y el otro pie descalzo) me explica con su tono de voz tan seductor (no puedo negar que ella tiene cierto duende que la hace tan encantadora) que están haciendo unas pequeñas remodelaciones que incluyen todo el servicio de agua y desagüe. Encima me pide (en verdad me lo impone, pero tiene una voz tan sexy que uno ni cuenta) por favor ampliar los trabajos desde mi casa, para que así no vuelva a "colapsar el sistema" claro que yo no puedo negarme y acepto, así que a los cinco minutos ya tengo a tres obreros con aliento alcohólico haciendo añicos el piso de la cocina, les he preguntado cuánto tiempo tardaran, me han dicho que no más de una hora primo.
Claro que ha pasado más de una hora y los tres borrachozos obreros no han hecho sino romper indiscriminadamente y sin ningún sustento técnico el piso. Cuando llega el mediodía y mis nervios están a punto de estallar. me dicen que es hora del refrigerio y me quedan mirando, yo no tengo ni idea, hasta que uno de ellos me pide pal menú pe varón. Obviamente yo no quiero darles ni medio sol pero lo pienso bien y no vaya ser que estos tres resulten de la facción radical de construcción civil y en un dos por tres me tumben el kiosco sin más ni más, así que le entrego unos billetes con la advertencia que vuelvan rápido, me dicen que si. Lo que ahora sé es que antes debí definir "rápido" o comparar conceptos. Regresaron a las dos horas, se sentaron a fumar, eructaron e incluso uno tuvo el atrevimiento de cagar en mi baño, luego hicieron la finta de romper un poco, escarbar algo y cinco en punto, como si tuvieran un reloj en el culo, salieron disparados diciendo que la jornada había terminado y que mañana no vendrían a trabajar, ya que ellos estaban afiliados al sindicato de cons(des)trucción civil e iban acatar la huelga acordada y que estaban de acuerdo en cada uno de los puntos establecidos en su plataforma de lucha y que pobre de mí que contrate algún "amarillo" para que completen el trabajo y así, gritando proclamas a la reivindicación laboral, la justicia social y a Marx, se fueron de mí casa.
Volvieron a los tres días (un sábado) con cara de no haber participado en ninguna huelga sino más bien de haber estado internados en algún prostíbulo-chingana de mala muerte todo el tiempo. Se cambiaron (podía jurar que la ropa de trabajo estaba más limpia que la de diario) y en lugar de retomar el trabajo se echaron a dormir la resaca de lo más frescos, pidiéndome incluso que al salir cierre la puerta porque hace frío pe causa. Se levantaron a la una en punto de la tarde, se limpiaron las legañas y me pidieron que les pague "su semana", yo a esa hora ya estaba odiando profundamente a mi vecina y su seductora voz, así que cogí una de sus lampas y blandiéndola de forma amenazante les dije que tenían media hora para arreglarme el piso y largarse por donde vinieron, ellos al parecer no me creyeron y se lanzaron risitas burlonas entre si, dieron media vuelta y amagaron con marcharse, pero fue el brutal crujido de un hueso roto de su compañero por un certero lampazo el que los hizo desistir de su plan y aterrados ante mi repentina locura empezaron a trabajar de manera frenética pero para sorpresa suya les ordené que en lugar de tapar el hueco lo ampliaran más. Ellos sin saber por qué y meados del miedo me hicieron caso sin chistar. Cuando el hueco era lo suficientemente profundo les ordené meter en él a su ahora desmayado y fracturado compañero, ellos se miraban incrédulos pero ante mi amenaza de romperles un hueso a ellos, terminaron metiéndolo en el hueco, justo cuando estaban agachados dentro del hueco de otros dos certeros golpes desmayé a ambos, procedí a enterrarlos rápidamente, coger cemento, arena y hacer una mezcla para tapar el piso, pulirlo y dejarlo mejor que antes (mejor de lo que hubieran hecho ellos)
Por la noche mi vecina toca la puerta para preguntarme cómo estuvo el trabajo de los obreros, le digo que perfecto, la invito a pasar y verlo, ella queda admirada y me dice que al final salí ganando, pero que se extrañaba que los obreros no hayan vuelto a su casa para cobrarle, le digo que no se preocupe, que yo les pagué incluso de más por tan buen trabajo, ella me dice que soy un encanto, me da un beso en la mejilla y se va dando saltitos como una niñita. Yo me siento un chico malo que ahora duerme con tres muertos en la cocina.
Claro que ha pasado más de una hora y los tres borrachozos obreros no han hecho sino romper indiscriminadamente y sin ningún sustento técnico el piso. Cuando llega el mediodía y mis nervios están a punto de estallar. me dicen que es hora del refrigerio y me quedan mirando, yo no tengo ni idea, hasta que uno de ellos me pide pal menú pe varón. Obviamente yo no quiero darles ni medio sol pero lo pienso bien y no vaya ser que estos tres resulten de la facción radical de construcción civil y en un dos por tres me tumben el kiosco sin más ni más, así que le entrego unos billetes con la advertencia que vuelvan rápido, me dicen que si. Lo que ahora sé es que antes debí definir "rápido" o comparar conceptos. Regresaron a las dos horas, se sentaron a fumar, eructaron e incluso uno tuvo el atrevimiento de cagar en mi baño, luego hicieron la finta de romper un poco, escarbar algo y cinco en punto, como si tuvieran un reloj en el culo, salieron disparados diciendo que la jornada había terminado y que mañana no vendrían a trabajar, ya que ellos estaban afiliados al sindicato de cons(des)trucción civil e iban acatar la huelga acordada y que estaban de acuerdo en cada uno de los puntos establecidos en su plataforma de lucha y que pobre de mí que contrate algún "amarillo" para que completen el trabajo y así, gritando proclamas a la reivindicación laboral, la justicia social y a Marx, se fueron de mí casa.
Volvieron a los tres días (un sábado) con cara de no haber participado en ninguna huelga sino más bien de haber estado internados en algún prostíbulo-chingana de mala muerte todo el tiempo. Se cambiaron (podía jurar que la ropa de trabajo estaba más limpia que la de diario) y en lugar de retomar el trabajo se echaron a dormir la resaca de lo más frescos, pidiéndome incluso que al salir cierre la puerta porque hace frío pe causa. Se levantaron a la una en punto de la tarde, se limpiaron las legañas y me pidieron que les pague "su semana", yo a esa hora ya estaba odiando profundamente a mi vecina y su seductora voz, así que cogí una de sus lampas y blandiéndola de forma amenazante les dije que tenían media hora para arreglarme el piso y largarse por donde vinieron, ellos al parecer no me creyeron y se lanzaron risitas burlonas entre si, dieron media vuelta y amagaron con marcharse, pero fue el brutal crujido de un hueso roto de su compañero por un certero lampazo el que los hizo desistir de su plan y aterrados ante mi repentina locura empezaron a trabajar de manera frenética pero para sorpresa suya les ordené que en lugar de tapar el hueco lo ampliaran más. Ellos sin saber por qué y meados del miedo me hicieron caso sin chistar. Cuando el hueco era lo suficientemente profundo les ordené meter en él a su ahora desmayado y fracturado compañero, ellos se miraban incrédulos pero ante mi amenaza de romperles un hueso a ellos, terminaron metiéndolo en el hueco, justo cuando estaban agachados dentro del hueco de otros dos certeros golpes desmayé a ambos, procedí a enterrarlos rápidamente, coger cemento, arena y hacer una mezcla para tapar el piso, pulirlo y dejarlo mejor que antes (mejor de lo que hubieran hecho ellos)
Por la noche mi vecina toca la puerta para preguntarme cómo estuvo el trabajo de los obreros, le digo que perfecto, la invito a pasar y verlo, ella queda admirada y me dice que al final salí ganando, pero que se extrañaba que los obreros no hayan vuelto a su casa para cobrarle, le digo que no se preocupe, que yo les pagué incluso de más por tan buen trabajo, ella me dice que soy un encanto, me da un beso en la mejilla y se va dando saltitos como una niñita. Yo me siento un chico malo que ahora duerme con tres muertos en la cocina.
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